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Stef Boone (72), agricultor, obligado a no utilizar su huerto tras 40 años: 'He estado ingiriendo veneno y me hizo enfermar'

Durante cuarenta años vivió su sueño. Hasta que una carta este verano lo puso todo patas arriba. Reveló que su idílico entorno natural estaba altamente contaminado.
Stef Boone (72), agricultor, obligado a no utilizar su huerto tras 40 años: 'He estado ingiriendo veneno y me hizo enfermar'
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Actualizado: 13:08 20/1/2026
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Durante cuatro décadas, Stef Boone (72) creyó vivir una versión doméstica del “kilómetro cero”: huerto ecológico, gallinas, verduras y huevos propios en Bavikhove, un rincón verde junto a la vieja curva de la Leie. La ruptura no llegó en forma de síntoma evidente, sino en una carta: su parcela y el entorno inmediato figuraban dentro de una zona con contaminación elevada por PFAS, los llamados “químicos eternos”. Lo que para él era rutina —comer de su tierra— pasó a sentirse como una exposición prolongada e involuntaria.

El origen, según reconstruyen medios belgas, no está en un vertido reciente, sino en una decisión logística de los años ochenta: lodos de dragado del tramo estrechado de la Leie en Harelbeke se habrían trasladado a una antigua rama del río para facilitar atraques industriales, pese a las protestas vecinales. Décadas después, ese “arreglo” reaparece como factura ambiental: en el área se sigue investigando el alcance de la contaminación y, al menos en ese perímetro, se habla de decenas de residentes dentro del radio afectado.

Cuando el PFAS entra en la comida

Que el golpe se note tanto en un huerto y en un gallinero no es casualidad: los PFAS persisten, se mueven entre agua y suelo y pueden entrar en la cadena alimentaria. Las gallinas, además, tienen un mecanismo especialmente incómodo para el propietario: pueden eliminar PFAS a través de los huevos, de modo que el alimento “más casero” se convierte en un buen marcador de lo que hay en el entorno (pienso, agua y, sobre todo, suelo ingerido al picotear). EFSA, al revisar la exposición dietética en Europa, señala precisamente que pescado y huevos suelen estar entre los grandes contribuyentes a la ingesta de PFAS en población general.

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En el caso de Boone, el impacto psicológico se mezcla con un dato frío: el artículo describe un análisis de sangre con valores muy por encima de referencias locales, y él menciona una enfermedad autoinmune y colesterol elevado como parte de su historia clínica. Aquí conviene ser honesto con lo que la ciencia permite afirmar: en individuos concretos es difícil atribuir una patología a una sola causa, pero la evidencia epidemiológica sí ha relacionado exposición a PFAS con alteraciones del sistema inmune (por ejemplo, menor respuesta de anticuerpos a vacunas) y con aumento de colesterol en distintos estudios y meta-análisis; de hecho, EFSA tomó el efecto inmunitario como el punto más crítico para fijar su ingesta tolerable.

Precaución, prohibiciones y residuos

El día a día, mientras tanto, se gestiona con medidas “de precaución” que suenan casi absurdas hasta que se leen en voz alta: en fichas oficiales para Harelbeke, la administración flamenca recomienda no consumir verduras ni fruta de cultivo propio, no comer huevos de gallinas domésticas y evitar usar compost del jardín como abono, además de reducir polvo y contacto con suelo suelto. En paralelo, países vecinos han endurecido el tono sobre el mismo punto ciego: el RIVM neerlandés llegó a aconsejar no comer huevos de “hobbykippen” por concentraciones altas detectadas en muestreos, y en Bélgica hay referencias a límites de acción y controles alrededor de focos industriales.

En paralelo, países vecinos han endurecido el tono sobre el mismo punto ciego: el RIVM neerlandés llegó a aconsejar no comer huevos de “hobbykippen” por concentraciones altas detectadas en muestreos, y en Bélgica hay referencias a límites de acción y controles alrededor de focos industriales. El gesto de llevar huevos al punto de “pequeños residuos peligrosos” aparece en testimonios y piezas sobre el caso 3M: no es tanto una regla universal como una forma de decir “esto ya no es comida”.

La deuda larga de una decisión técnica

Lo más inquietante de esta historia no es que exista un “pueblo contaminado”, sino la lógica temporal: decisiones técnicas pensadas para resolver un problema inmediato —dragados, rellenos, movimientos de lodo— dejan rastros que atraviesan generaciones, y cuando el sistema de vigilancia mejora (como ocurrió en Flandes tras el caso 3M en Zwijndrecht) aparecen zonas que no estaban en el radar. La administración flamenca ha documentado campañas de biomonitorización y un plan de abordaje con pilares de saneamiento, control y salud pública, pero el nudo sigue siendo el mismo que expresa Boone: vivir en un paisaje querido y, al mismo tiempo, aprender que parte de ese paisaje te estaba exponiendo a algo que no se ve, no huele y cuesta décadas retirar.

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