Hablar por teléfono, esa acción cotidiana que durante décadas fue sinónimo de comunicación directa, se ha convertido en una fuente de ansiedad para buena parte de la Generación Z. Según un reciente informe, el 23 % de los jóvenes nacidos entre 1997 y 2012 reconocen tener “telefobia”, un miedo irracional a las llamadas de voz.
En lugar de tratar de revertir esta tendencia, Google ha optado por rentabilizarla, integrando en sus servicios una solución a medida: agentes virtuales basados en inteligencia artificial que hacen las llamadas por ti.
Pánico a coger el teléfono
La propuesta no podría ser más tentadora para quienes sufren pánico al tono de llamada: el usuario solo tiene que buscar un restaurante o negocio en Google y elegir entre opciones prediseñadas, como consultar disponibilidad o hacer una reserva. A partir de ahí, la IA se encarga de establecer contacto telefónico real, recoger la información y devolver la respuesta al usuario sin que este tenga que escuchar una sola voz humana. Una promesa de eficiencia que, en realidad, refuerza la dependencia digital y perpetúa la desconexión social.
Aunque esta función —por ahora limitada a Estados Unidos— puede parecer un salto en comodidad, refleja un giro inquietante en la forma en que gestionamos nuestras relaciones cotidianas con el entorno. En lugar de fomentar habilidades sociales o proponer herramientas para superar la ansiedad, la gran tecnología ha encontrado una nueva vulnerabilidad que monetizar: el miedo a hablar. Y como viene siendo costumbre, lo hace disfrazado de innovación accesible y orientada al usuario.
Este fenómeno también pone de relieve un conflicto generacional: si la comunicación directa se percibe cada vez más como una barrera, y no como una vía de conexión, ¿qué implica eso para el futuro del trato humano en los entornos profesionales, médicos o administrativos? Google, al introducir la IA como intermediaria, sugiere que ya no es necesario superar esa barrera, sino delegarla por completo. Una solución funcional que, sin embargo, consolida una cultura de evasión y automatismo emocional.















