Pese a su juventud, la generación Z —formada por quienes nacieron entre finales de los años 90 y 2010— ya empieza a transformar las reglas del mercado global. Un reciente informe de Investopedia, según recoge Computer Hoy, predice que esta cohorte no solo dominará el consumo del futuro, sino que se convertirá en la más gastadora de la historia. Para 2030, su poder adquisitivo podría alcanzar los 12,6 billones de dólares, lo que representaría cerca del 19 % del gasto global. El dato más revelador es que no se trata solo de una cuestión demográfica: la clave está en la tecnología.
La ventaja de nacer en un mundo digital
Esta generación, completamente digitalizada desde la infancia, no distingue entre entretenimiento y comercio. Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube no solo sirven para pasar el rato: son sus principales canales de descubrimiento de productos. Según el estudio, los miembros de la generación Z confían más en las recomendaciones de influencers que en la publicidad tradicional, y tienden a realizar compras impulsadas por vídeos cortos, promociones de creadores de contenido o retos virales. Su forma de consumir es rápida, emocional y está mediada por algoritmos.
Curiosamente, aunque aún frecuentan tiendas físicas, su vínculo con el comercio electrónico es cada vez más estrecho. La comodidad del clic, la inmediatez y la omnipresencia del móvil han generado hábitos de compra más frecuentes y menos planificados. Además, su gasto se concentra en sectores bien definidos: tecnología, moda, belleza y bienestar. No sorprende que compañías como Apple, Sephora, Shein o Amazon estén adaptando constantemente su comunicación y logística a las preferencias de esta generación.
Sin embargo, el informe también revela un matiz importante: la conciencia ambiental. A diferencia de generaciones anteriores, muchos consumidores de la generación Z exigen marcas responsables. Buscan productos veganos, reciclables, de comercio justo o con certificaciones ecológicas. No solo quieren comprar, también quieren hacerlo “bien”. Esta actitud está obligando a las empresas a revisar sus políticas de sostenibilidad y transparencia, para no quedar fuera de su radar.















