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Biólogos descubren un nuevo ser vivo de 'fuego' que bate el récord sobreviviendo a temperaturas al borde de la ebullición

El hallazgo obliga a reescribir con más cuidado qué entendemos por “límite” de la vida eucariota: no es lo mismo soportar un pico de calor que multiplicarse de manera sostenida.
Biólogos descubren un nuevo ser vivo de 'fuego' que bate el récord sobreviviendo a temperaturas al borde de la ebullición
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Actualizado: 14:57 14/1/2026
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En el Parque Nacional Volcánico Lassen, al norte de California, Estados Unidos, el tipo de vida que uno espera encontrar suele ser microbiana y, aun así, con matices: bacterias y arqueas acostumbradas a aguas calientes, a gases sulfurosos y a esa química que huele a “mundo primitivo”. Por eso ha llamado tanto la atención que, al analizar agua de manantiales geotermales de pH neutro, un equipo haya detectado un organismo que pertenece a otro “club”: un eucariota (célula con núcleo y compartimentos internos), es decir, vida compleja a escala celular. Y no solo estaba ahí: en condiciones de laboratorio se dividía a 63 °C y, si se forzaba el calor, aguantaba hasta 70 °C entrando en un estado de latencia tipo quiste.

La ameba de fuego

El protagonista es una ameba bautizada como Incendiamoeba cascadensis, apodada “fire amoeba” en algunas coberturas. El trabajo (por ahora en preprint, aún sin revisión por pares) describe que este organismo se aisló de varios puntos del sistema hidrotermal: en una campaña de muestreo entre 2023 y 2025, los autores detectaron amebas en 14 de 20 emplazamientos y señalan que, en ese entorno, la diversidad de eucariotas microscópicos puede ser mayor de lo supuesto.

Lo relevante no es solo el hallazgo en sí, sino lo que tensiona: durante años, el “techo” térmico de los eucariotas se ha considerado más bajo que el de los procariotas, porque su biología interna es más delicada. A grandes rasgos, mantener estables membranas, proteínas y maquinaria celular cuando el calor acelera reacciones y desestabiliza estructuras es un reto serio. Por eso, que un eucariota crezca (y no solo sobreviva) a 63 °C se presenta como un récord para la vida eucariota documentada por el propio equipo.

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La comparación ayuda a medir el salto. Hay eucariotas que viven “cómodos” en calor, pero suelen moverse en rangos más moderados. Un ejemplo clásico es el alga roja Cyanidioschyzon merolae, un modelo de laboratorio por su adaptación a ambientes extremos: se ha descrito que puede proliferar a temperaturas del orden de 50 °C (y se usa justamente para estudiar respuestas al estrés térmico). En otras palabras: 63 °C no es “un poquito más”; es empujar varios pasos más allá una frontera que parecía bastante rígida para células con núcleo.

Una supervivencia de récord

¿Qué podría estar pasando dentro de esa ameba? El preprint abre la puerta a dos ideas potentes. La primera: que los eucariotas termófilos quizá no son una rareza casi inexistente, sino un grupo inframapeado porque se ha buscado poco —o se ha buscado donde no tocaba—. La segunda: que, si existen, pueden estar usando soluciones biológicas más sofisticadas de lo que imaginábamos: proteínas “chaperonas” que evitan el colapso de otras proteínas, membranas con lípidos más estables, mecanismos de reparación acelerados y, en general, una arquitectura celular preparada para vivir con el reloj bioquímico en modo rápido.

También es importante el detalle del quiste. Que el organismo no se desintegre al subir a 70 °C, sino que “se apague” y pueda reactivarse cuando bajan las condiciones, encaja con una estrategia muy conocida en protistas: resistir el entorno cuando se vuelve hostil y volver al ciclo vital cuando hay margen. La diferencia aquí es el termómetro: el preprint sostiene que ese modo latente le permite cruzar un umbral donde, para la mayoría de eucariotas, ya no hay vuelta atrás.

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