Cleide Almeida tiene 85 años, vive sola y viaja como quien se ha quitado un peso de encima: sin pedir permiso. En Brasil se ha vuelto viral porque sus vídeos no venden “eterna juventud”, sino algo más raro de ver en pantalla: autonomía real en la vejez.
En sus apariciones insiste en una idea muy concreta: la independencia no es un premio, es una elección cotidiana. Cuenta que organiza sus planes, se mueve por aeropuertos y hoteles sin “traductores” familiares, y usa el móvil y las redes como una herramienta más, no como un muro generacional.
Un país que cambia de piel demográfica
La historia engancha porque llega en un momento en el que Brasil cambia de piel demográfica. Según datos del IBGE, los hogares unipersonales ya suponen alrededor del 18,3% del total (2023), y entre las personas de 60 años o más el porcentaje es bastante mayor (25,8%).
La OMS lleva años recordando que envejecer bien no va de “no enfermar”, sino de conservar capacidad funcional: poder decidir, moverse, participar y sostener vínculos. Vivir solo puede convivir con una vida social activa; el problema aparece cuando la soledad se convierte en aislamiento, algo que la OMS vincula a peor salud y mayor riesgo de mortalidad.
La infraestructura invisible de la independencia
Por eso el caso Cleide funciona como símbolo, pero también como pista: lo que lo hace posible no es solo actitud. Importan la accesibilidad de la vivienda y del barrio, el transporte, la seguridad, el acceso a servicios y una ciudad pensada para que una persona mayor no “desaparezca” de la vida pública.















