En un mundo en constante cambio, hay seres que parecen ajenos al paso del tiempo. Uno de ellos es Jonathan, una tortuga gigante de Seychelles que este año alcanzará los 193 años, según los registros oficiales y la confirmación de Guinness World Records. Se trata, con diferencia, del animal terrestre vivo más longevo conocido por la ciencia.
La tortuga fue un regalo
Jonathan vive en la isla de Santa Elena, un pequeño enclave británico en medio del Atlántico sur. Llegó allí en 1882 como obsequio para el entonces gobernador William Grey-Wilson. Ya entonces era un ejemplar completamente desarrollado, lo que permite a los biólogos estimar su nacimiento hacia el 4 de diciembre de 1832, décadas antes de la invención del teléfono o del primer automóvil.
Desde entonces, ha sobrevivido a dos guerras mundiales, pandemias globales y el mandato de 40 presidentes de EE.UU., desde Andrew Jackson hasta Donald Trump. Pero él, ajeno a la política y al frenesí humano, sigue con una rutina inmutable: tomar el sol en los jardines de Plantation House, buscar refugio entre hojas secas cuando refresca, y devorar con entusiasmo sus frutas y verduras favoritas.
Un apetito digno de un joven
“Le encanta el plátano, aunque tiende a pegarse en su boca”, comenta entre risas Joe Hollins, su veterinario de confianza. También disfruta con corazones de lechuga, manzanas, pepinos, zanahorias y frutas de temporada. Pese a haber perdido casi por completo la vista y el olfato, su apetito sigue siendo excelente, una señal de buena salud en estos reptiles de vida lenta y metabólica.
Más allá de su longevidad, Jonathan se ha convertido en un símbolo cultural de Santa Elena, donde es tratado con la deferencia propia de un monumento viviente. Recibe visitas de turistas y locales que se detienen a observar su andar pausado y su inconfundible perfil de tortuga centenaria.
La libido no entiende de edad
Uno de los aspectos más llamativos es su vigor sexual. Según Hollins, Jonathan todavía se aparea con frecuencia con las otras dos tortugas de su recinto, Emma y Fred, lo que demuestra que, en algunos casos, la edad no es un límite biológico para la reproducción o la conducta sexual. Su vitalidad ha sido objeto de seguimiento científico, ya que el caso de Jonathan ofrece una oportunidad única para estudiar los procesos de envejecimiento extremo en reptiles.















