En lo alto de un cerro de 400 metros, asomando sobre el paisaje manchego entre llanuras y olivares, se alzan los restos de una de las fortalezas más enigmáticas de Castilla-La Mancha: el castillo de Almonacid. Pese a su importancia histórica, sigue siendo un rincón poco conocido incluso entre los amantes del patrimonio medieval. Una joya oculta de origen musulmán que ha resistido siglos de historia y que fue escenario de guerras que marcaron España.
Fue un bastión islámico
Construido en el año 848, este castillo fue primero bastión islámico y más tarde prisión para personajes ilustres como Alfonso Enríquez de Castilla, conde de Gijón, en el siglo XIV. Su historia, sin embargo, va más allá de los muros: fue también campo de batalla en uno de los enfrentamientos más sangrientos de la Guerra de la Independencia. En 1809, el general español Francisco Javier Venegas dirigió una contienda frente al ejército napoleónico en la que murieron 6.000 soldados franceses, tiñendo de sangre las tierras que rodean la fortaleza.
Hoy, aunque en ruinas, el castillo de Almonacid mantiene en pie parte de su perímetro amurallado, su torre del homenaje y un patio de armas que permite imaginar la vida y los combates que alguna vez resonaron entre sus muros. Sus piedras erosionadas aún conservan las marcas de los siglos y la silueta de sus almenas recortándose sobre el horizonte sigue siendo imponente.
La visita es libre y se puede llegar tras una sencilla ruta de senderismo que parte del propio pueblo de Almonacid de Toledo. Aunque el acceso es relativamente fácil, conviene ir con buen calzado, ya que el terreno presenta piedras sueltas y algunos desniveles. La recompensa es inmejorable: vistas espectaculares del valle y del casco urbano, y la sensación de haber pisado un lugar donde la historia —desde el Califato de Córdoba hasta las tropas napoleónicas— dejó una huella imborrable.















