En lo alto de una colina que domina el paisaje de Onda, Castellón, se alza uno de los castillos más monumentales y desconocidos del Mediterráneo: el llamado Castillo de las 300 torres. Su nombre, más evocador que literal, proviene de una crónica medieval del siglo XIII escrita por Ramón Muntaner, que hablaba de una fortaleza tan grande como para tener tantas torres como días tiene el año. Aunque hoy no quedan tantas, su silueta imponente sigue recordando su antiguo esplendor.
Construido en el siglo X
Construido por los musulmanes en el siglo X sobre restos íberos y romanos, el castillo fue testigo de algunas de las páginas más intensas de la historia peninsular. Desde la conquista efímera por el Cid Campeador hasta su toma definitiva por Jaume I en 1248, la fortaleza fue clave en los conflictos que enfrentaron a musulmanes y cristianos, y más tarde entre dinastías, órdenes militares y potencias europeas. Por sus muros pasaron el Temple, el Hospital, Montesa, las tropas de Napoleón y hasta las brigadas de la Guerra Civil.
Su estructura revela ese pasado militar. Tres líneas de murallas dividen el recinto: una primera para separar la medina o ciudad civil, una segunda para delimitar la plaza fortificada y una tercera que rodea la alcazaba, antigua residencia del sultán o del alcaide. El recinto conserva restos del aljibe original y una zona reconstruida por los carmelitas en el siglo XX, cuando se utilizó como colonia escolar.
El castillo, que llegó a ser rehabilitado tras las Guerras Carlistas, conserva aún sus torres, lienzos de muralla y elementos defensivos que permiten reconstruir siglos de arquitectura militar. Situado en un punto estratégico entre la costa y el interior, fue un nudo crucial para el control de rutas comerciales y militares. Hoy, su posición sigue ofreciendo una de las mejores vistas panorámicas de la comarca.
Convertido en espacio cultural y turístico, el Castillo de Onda se puede visitar mediante recorridos guiados y actividades divulgativas. Es un ejemplo palpable de cómo la arquitectura defensiva puede convertirse en un símbolo de identidad local. En una provincia rica en fortalezas, como la de Castellón, esta joya árabe-cristiana destaca no solo por su tamaño, sino por haber sobrevivido a mil años de historia.















