Narsaq, en el sur de Groenlandia, parece un punto mínimo en el mapa: fiordos, casas de colores, pesca y una rutina marcada por el hielo. Pero a sus espaldas se levanta Kuannersuit (Kvanefjeld), un yacimiento que mezcla dos ingredientes explosivos para la política del siglo XXI: tierras raras (clave industrial) y uranio. Esa combinación ha convertido a la comunidad —y a su parlamento— en árbitros de un pulso global que va mucho más allá de la isla.
El interés no es caprichoso. Las tierras raras están en el corazón de los imanes permanentes de alto rendimiento que se usan en motores de vehículos eléctricos, aerogeneradores, electrónica y aplicaciones de defensa. Y el cuello de botella no es solo la mina: es el refinado y la separación. China ha consolidado una posición dominante en esa fase (en torno al 90% del refinado global, según explican Reuters y AP), y cuando sube la tensión comercial lo demuestra con controles a la exportación y nuevas normas para el sector.
China, inversión y el freno desde Nuuk
Ahí encaja la “estrategia de inversión” que Pekín ha desplegado durante años en el Ártico: no necesitas plantar una bandera si puedes entrar por la puerta de las participaciones empresariales y la infraestructura. En el caso de Kuannersuit, la compañía china Shenghe Resources llegó a tomar un 12,5% de Greenland Minerals (la promotora del proyecto en aquel momento) y se situó como un actor relevante en la conversación sobre la viabilidad del yacimiento.
El freno, sin embargo, no lo puso un rival extranjero, sino la política local. En 2021, Groenlandia aprobó una prohibición efectiva sobre la extracción de uranio, que en la práctica complicó (o directamente bloqueó) proyectos donde el uranio aparece asociado a las tierras raras, precisamente el talón de Aquiles de Kuannersuit. El debate no es solo “minería sí o no”: es qué coste aceptarías para financiar más autonomía económica sin poner en riesgo pesca, territorio y reputación ambiental, que para Groenlandia son moneda de cambio real.
EE. UU., Dinamarca y la batalla por las cadenas de suministro
Estados Unidos lleva tiempo leyendo esa misma montaña como un asunto de seguridad. Trump ya provocó un terremoto diplomático en 2019 al hablar de “comprar” Groenlandia, y en 2026 su entorno ha vuelto a agitar la idea, según Reuters, enmarcándola en competencia estratégica. Dinamarca, por su parte, ha respondido incrementando el músculo financiero para reforzar la relación con Nuuk y blindar infraestructuras clave (aeropuertos y capacidades críticas) frente a la tentación de terceros.
Con ese tablero, Narsaq deja de ser un paisaje remoto y pasa a ser un termómetro del nuevo orden: cadenas de suministro, normas ambientales, soberanía y “diplomacia del talonario”. Y el dato político importa: Reuters sitúa a Groenlandia en una fase de giro hacia posturas más favorables a la inversión, con nuevos liderazgos que quieren crecimiento sin regalar las llaves. Lo decisivo será si la isla consigue atraer capital y tecnología para minerales críticos sin volver a abrir —por la puerta de atrás— el problema del uranio que partió el país en dos.















