Egipto ha sumado una pieza importante a uno de los periodos más oscuros de su historia antigua. Un equipo del Penn Museum y de arqueólogos egipcios ha sacado a la luz en Abidos, en la necrópolis de la Montaña de Anubis, una tumba real de unos 3.600 años de antigüedad atribuida a un faraón cuya identidad sigue sin poder leerse con claridad. El hallazgo se inscribe en el Segundo Periodo Intermedio, una etapa marcada por la fragmentación política del país, y refuerza la idea de que en esa zona existió una llamada dinastía de Abidos, todavía muy mal conocida y apenas documentada en las fuentes tradicionales.
La cámara funeraria apareció a unos siete metros de profundidad y presenta una arquitectura lo bastante ambiciosa como para no dejar dudas sobre el rango del personaje enterrado allí. Según el Penn Museum, la estructura combina una cámara de piedra caliza con entrada decorada y varias estancias cubiertas por bóvedas de adobe de unos cinco metros de altura. Aunque la tumba fue saqueada en la Antigüedad y no conserva ajuar espectacular ni restos identificables del monarca, sí mantiene rasgos decorativos y constructivos que la sitúan en un contexto funerario regio y la vinculan a la tradición monumental de Abidos.
Un faraón sin nombre claro
Lo más sugestivo del caso es precisamente el nombre ausente. Las inscripciones conservaban en origen cartuchos pintados que debían identificar al faraón, pero el deterioro ha borrado casi por completo esa información. Josef Wegner, egiptólogo de la Universidad de Pensilvania y responsable de la excavación, ha planteado que el enterrado podría corresponder a reyes apenas conocidos como Senaiib o Paentjeni, aunque por ahora esa atribución sigue siendo una hipótesis y no una identificación confirmada. Esa cautela es importante, porque el valor científico del hallazgo no depende solo de poner nombre al difunto, sino de comprender mejor un tramo de la historia egipcia en el que coexistieron varios poderes rivales.
El descubrimiento también gana peso por su relación con hallazgos anteriores en la misma zona. En 2014, el equipo de Wegner ya identificó en Abidos la tumba del rey Seneb-Kay, otro soberano de esta dinastía poco conocida, y las similitudes entre ambos complejos sugieren que el nuevo enterramiento podría pertenecer a un predecesor suyo. Reuters señaló además que el recinto forma parte del área funeraria asociada a la gran tumba del faraón Neferhotep I, de la XIII dinastía, lo que ayuda a situar cronológicamente el hallazgo y muestra cómo distintas tradiciones regias convivieron y se superpusieron en este paisaje funerario.
Una ventana al Egipto fragmentado
Todo esto encaja con una revisión más amplia del mapa político del Egipto de hacia 1640-1540 a. C. Durante mucho tiempo, la dinastía de Abidos fue poco más que una posibilidad discutida entre especialistas, pero las excavaciones de los últimos años han ido consolidando la idea de que en el Alto Egipto existió una línea local de reyes que gobernó mientras otras casas dinásticas controlaban distintos territorios. En ese contexto, una tumba anónima puede decir mucho: su tamaño, su técnica constructiva y su posición dentro de la necrópolis ayudan a reconstruir jerarquías, cronologías y vínculos dinásticos allí donde los textos escritos se han perdido o son demasiado fragmentarios.
Por eso el hallazgo interesa más allá de del impacto fácil del “faraón desconocido”. No se trata solo de una tumba monumental saqueada hace milenios, sino de una ventana a una fase de inestabilidad en la que Egipto no era un bloque uniforme, sino un mosaico de reinos en competencia. Las excavaciones en la Montaña de Anubis continúan y el propio equipo cree que puede haber más sepulturas reales en la zona.















