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Científicos hallan a 4.000 metros de profundidad más de 100 especies desconocidas que podrían desaparecer por la minería

Los autores y centros implicados —como el National Oceanography Centre— no pide fe: pide más datos, más series temporales y decisiones que no confundan “fondo vacío” con “fondo desconocido”.
Científicos hallan a 4.000 metros de profundidad más de 100 especies desconocidas que podrían desaparecer por la minería
Raquel Díaz Herreros ·
Actualizado: 18:00 20/2/2026
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A 4.000 metros de profundidad, donde no hay luz y la comida cae en migajas desde la superficie, una expedición científica ha puesto números a una sospecha incómoda: el Pacífico profundo no es un “desierto” biológico, sino un mosaico de vida que todavía estamos empezando a nombrar. En la Zona Clarion-Clipperton, un equipo internacional catalogó 788 especies a partir de miles de ejemplares recogidos en una campaña larga (160 días en el mar) y un trabajo de laboratorio que se mide en años.

El dato que cambia el tono del debate es que muchas de esas especies ni siquiera estaban descritas: no es solo “más biodiversidad”, es biodiversidad invisible para los inventarios clásicos. El estudio, publicado en Nature Ecology & Evolution, combina muestreos y comparación temporal para separar el “ruido” natural del fondo abisal de lo que provoca una perturbación mecánica directa.

La huella de la maquinaria en el abismo

Y ahí es donde entra la minería: en los rastros de una prueba industrial de extracción de nódulos polimetálicos, los autores midieron un golpe claro sobre la fauna del sedimento (macrofauna): 37% menos densidad de animales y 32% menos riqueza de especies dentro de las huellas de la maquinaria. No es un argumento moral, es un resultado empírico: si la comunidad ya es poco abundante, cada pérdida pesa más y la recuperación tiende a ser lenta.

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La razón por la que la Zona Clarion-Clipperton está en el punto de mira es económica: ahí se concentran nódulos con níquel, cobalto, cobre y manganeso, metales que el mercado asocia a baterías y a la transición energética. Ese encaje —“metales para descarbonizar” frente a “ecosistemas frágiles”— es lo que ha convertido el fondo marino en un nuevo frente ambiental, con incertidumbres que no se resuelven a golpe de titular.

Regulación y el problema de proteger sin conocer

El árbitro regulatorio es la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, que ya trabaja con planes regionales y una red de APEI (áreas de especial interés ambiental) concebidas como “refugios” sin minería para proteger funciones ecológicas. El problema es que el propio diseño de esas zonas choca con una realidad muy básica: aún se ha muestreado poco y no sabemos bien si lo que vive en los sectores codiciados por la industria está igualmente representado en los espacios teóricamente protegidos.

Por eso esta historia tiene algo de carrera contrarreloj: primero, porque el catálogo biológico va por detrás de la tecnología; segundo, porque la evidencia disponible sugiere impactos medibles incluso en ensayos acotados; y tercero, porque una parte del ecosistema podría desaparecer antes de que sepamos qué papel juega.

Raquel Díaz Herreros
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