La “seda marina” —ese tejido dorado casi mítico asociado al Mediterráneo romano— siempre ha tenido algo de truco de magia: no depende de tintes, sino de cómo su fibra interactúa con la luz. Ahora, un equipo de Corea del Sur dice haber dado un paso importante para reproducir ese efecto con un material alternativo y abundante en sus costas, usando los filamentos de biso de la almeja Atrina pectinata. El trabajo se publica en Advanced Materials y lo firman investigadores vinculados a POSTECH y organismos ambientales del país.
El contexto importa porque la “fuente” clásica de la seda marina es Pinna nobilis, el gran molusco mediterráneo del que salen los hilos de biso que históricamente se limpiaban, peinaban y tejían en pequeñas cantidades. El problema es que hoy la especie está estrictamente protegida en Europa y sus poblaciones han sufrido una mortandad masiva desde 2016, lo que ha convertido cualquier recolección en un terreno delicado (y, en muchos lugares, directamente prohibido).
Un plan B para un mito
La novedad del estudio surcoreano es doble: por un lado, proponen que el biso de Atrina pectinata puede procesarse para obtener una fibra comparable en aspecto; por otro, explican por qué el dorado “aguanta” siglos sin apagarse. Según describen, el brillo no vendría de un pigmento añadido, sino de coloración estructural a escala microscópica: microestructuras en la fibra que actúan como un “dispositivo óptico” natural y reflejan ciertas longitudes de onda, algo parecido a lo que ocurre en alas de mariposas o plumas iridiscentes.
Ese matiz —estructura, no tinte— cambia la lectura histórica: si el dorado es un fenómeno físico, la artesanía antigua consistía tanto en hilar como en no destruir esa arquitectura microscópica durante el lavado, el secado y el tejido. El propio artículo periodístico que circula estos días insiste en que el equipo ha conseguido una fibra “brillante” y, sobre todo, reproducible, algo clave si se quiere pasar de la pieza de museo a un material que pueda estudiarse y fabricarse sin tocar especies amenazadas.
Brillo sin pigmento, solo física
También hay una lectura moderna evidente: más allá del guiño arqueológico, esto entra en el terreno de biomateriales y textiles funcionales. Si controlas la microestructura que da color, puedes imaginar fibras que “pinten” sin química adicional, con menos carga contaminante en teoría y con propiedades ajustables según el procesado. Pero el salto entre una prueba de laboratorio y una cadena industrial es grande: uniformidad, rendimiento, durabilidad real, y el impacto ambiental de criar o extraer la materia prima a escala son preguntas que aún quedan abiertas.
Mientras tanto, el interés cultural está servido: el relato de una fibra reservada para élites (emperadores, altos cargos religiosos, coleccionistas) vuelve al presente por una vía casi irónica, la de la ciencia de materiales. Y, de rebote, recuerda por qué Pinna nobilis se ha convertido en símbolo de fragilidad mediterránea: cuando un recurso natural se desploma, hasta los mitos textiles acaban necesitando un plan B.















