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Arqueólogos atónitos encuentran microplásticos en sedimentos de la época del imperio romano de 2.000 años de antigüedad

Que el plástico —el material emblemático del mundo contemporáneo— haya penetrado hasta depósitos excavados en contextos romanos obliga a asumir que el presente ya está contaminando físicamente el pasado.
Arqueólogos atónitos encuentran microplásticos en sedimentos de la época del imperio romano de 2.000 años de antigüedad
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Actualizado: 15:00 7/3/2026
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La contaminación por microplásticos ya no se queda en playas, ríos o tejidos humanos: ha entrado también en el subsuelo arqueológico. Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de York encontró estas partículas en muestras de sedimento arqueológico procedentes de depósitos situados a más de siete metros de profundidad, vinculados a contextos de los siglos I-II d. C. y excavados en parte a finales de los años 80. La propia universidad lo presentó como la primera evidencia de microplásticos en sedimentos arqueológicos.

El hallazgo no significa, claro, que los romanos usaran plástico, sino que ese material moderno ha conseguido infiltrarse en estratigrafías antiguas que se consideraban relativamente prístinas. El estudio, publicado en Science of the Total Environment, analizó muestras contemporáneas y archivadas de dos yacimientos urbanos de York mediante μFTIR, una técnica de espectroscopía que permite identificar polímeros muy pequeños. En total, detectó 16 tipos distintos de polímeros microplásticos tanto en muestras recientes como en las almacenadas durante décadas.

Una amenaza nueva para el subsuelo arqueológico

Lo inquietante no es solo que estén ahí, sino lo que eso implica para la arqueología. Durante años, la conservación in situ —dejar los restos enterrados y protegidos en su entorno original— ha sido una estrategia preferida en muchos contextos, precisamente porque se suponía que el subsuelo anaeróbico mantenía estables materiales orgánicos muy delicados. El equipo de York advierte ahora de que los microplásticos pueden alterar la química del sedimento y, con ello, comprometer la integridad de restos arqueológicos y de los llamados proxies ambientales, esas huellas físicas y químicas que permiten reconstruir paisajes y modos de vida del pasado.

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Ese matiz es importante porque algunos de los yacimientos más valiosos del norte de Europa dependen precisamente de condiciones de conservación excepcionales. York Archaeology puso como ejemplo los famosos hallazgos vikingos de Coppergate, preservados durante más de un milenio en ambientes anegados y pobres en oxígeno. Si los microplásticos modifican ese equilibrio, la arqueología dejaría de enfrentarse solo a amenazas conocidas —sequías, cambios en el nivel freático, obras urbanas— para sumar otra mucho más difusa: una contaminación moderna capaz de viajar hacia abajo y reescribir la “pureza” del registro.

Un debate que acaba de abrirse

El estudio es todavía un análisis piloto, y eso obliga a no exagerar más de la cuenta. Los autores no sostienen que todos los yacimientos estén arruinados ni que ya se conozca con precisión cómo llegan esos microplásticos a capas tan profundas. Lo que sí afirman es que su presencia respalda la idea de un transporte vertical dentro de la estratigrafía arqueológica y que, a partir de ahora, habrá que tratar esta contaminación como una variable real en la gestión del patrimonio. Es decir: no estamos ante un cierre del debate, sino ante su apertura formal.

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