En Kalambo Falls, una cascada en la frontera entre Zambia y Tanzania, en África, un equipo internacional ha sacado a la luz algo poco habitual en yacimientos tan antiguos: dos grandes troncos trabajados y encajados entre sí como si fueran la base de una plataforma o parte de una construcción. No es “madera fosilizada” al azar: las superficies muestran cortes y retoques compatibles con herramientas de piedra, señal de una intervención deliberada.
La clave es la fecha. El conjunto se ha datado en torno a 476.000 años, muy por delante del origen de Homo sapiens, gracias a técnicas de luminiscencia aplicadas a los sedimentos que rodeaban la estructura (la madera es demasiado antigua para el carbono-14). En otras palabras: se ha podido estimar cuándo esos granos minerales estuvieron expuestos por última vez a la luz antes de quedar enterrados.
Planificación, estancia y tecnología invisible
El hallazgo importa por lo que implica sobre la vida cotidiana. Si esos homínidos dedicaron tiempo a tallar muescas, ajustar piezas y “fabricar” un soporte estable, no estaban solo de paso: sugiere estancias más largas en un entorno con agua permanente y recursos forestales, y una capacidad de planificación que suele reservarse, por costumbre, a etapas mucho más recientes.
También corrige un sesgo clásico de la arqueología: la madera casi nunca llega hasta nosotros. Se pudre, desaparece y deja el protagonismo a la piedra. En Kalambo Falls ocurrió lo contrario: el sustrato encharcado actuó como cápsula del tiempo. Eso permite asomarse a un “mundo tecnológico” que probablemente fue más rico de lo que sugieren los utensilios líticos por sí solos.
Ensamblaje estructural y la gran pregunta
El artículo científico subraya que no se trata solo de usar ramas o fabricar utensilios: aquí hay ensamblaje estructural, con piezas pensadas para encajar. Hasta ahora, las pruebas más famosas del uso antiguo de madera solían asociarse a objetos (como lanzas), no a construcciones; por eso los autores lo presentan como un salto cualitativo en lo que podemos demostrar sobre el comportamiento técnico en el Pleistoceno.
Queda una pregunta abierta, casi inevitable: ¿quién lo construyó exactamente? El yacimiento es anterior a nuestra especie, así que obliga a repartir el mérito entre homínidos más antiguos y a revisar la idea de que la “ingeniería” (aunque sea en versión mínima, hecha de troncos y paciencia) nació tarde. Más que cambiar una fecha en el calendario, el hallazgo empuja a mirar la prehistoria con menos clichés: quizá no era una humanidad primitiva, sino una que ya sabía transformar su entorno con intención.















