En una cueva atrapada entre canteras y ciudad, en Casablanca, un puñado de huesos ha vuelto a abrir una discusión que parecía estancada: de dónde viene la rama que desemboca en Homo sapiens. Los restos —localizados en la Grotte à Hominidés (Thomas Quarry I)— se han fechado en torno a 773.000 años y, por su combinación de rasgos arcaicos y más “modernos”, empiezan a encajar justo en la zona gris donde se separan las grandes líneas evolutivas humanas.
Hasta ahora, el debate tenía un problema de fondo: la genética sitúa al último antepasado común de humanos modernos, neandertales y denisovanos en una horquilla aproximada de 765.000 a 550.000 años, pero el registro fósil ofrecía más hipótesis que certezas. Parte de la discusión se apoyaba en fósiles europeos de Atapuerca y en la idea de que el “punto de partida” pudo estar fuera de África. La pieza marroquí no cierra el caso por sí sola, pero vuelve a inclinar la balanza hacia un origen africano mucho más profundo de lo que se podía afirmar con seguridad.
Una pieza en la zona gris evolutiva
El hallazgo no es un cráneo espectacular, sino un conjunto muy informativo: mandíbulas parciales, dientes, vértebras y un fragmento de fémur, con restos que, según la cobertura de Reuters, corresponderían al menos a dos adultos y un niño pequeño. Aparecen junto a industria lítica y fauna, en un contexto que también habla de depredadores oportunistas (las hienas salen en la historia como “firmantes” involuntarias del yacimiento). Es el tipo de escena que permite reconstruir vidas y muertes en un territorio que, entonces, era frontera ecológica y corredor geográfico.
La fecha —ese 773 ka— no se obtiene por intuición, sino por encaje geológico: los sedimentos se sitúan cerca de un gran cambio del campo magnético terrestre, la transición Matuyama–Brunhes, un “clavo” cronológico muy útil para anclar niveles antiguos. Esa coincidencia hace que el yacimiento tenga una edad comparable a la de Homo antecessor en España, lo que permite comparar regiones casi “a la misma hora” del Pleistoceno. La diferencia es que, pese a la proximidad temporal, la morfología no calca el patrón europeo.
Qué cuenta la mandíbula cuando la comparas
Ahí está la parte más jugosa: los fósiles marroquíes parecen mezclar un aire de Homo erectus (sobre todo en la forma general de la mandíbula) con detalles dentales más cercanos a humanos posteriores, incluidos neandertales y sapiens (por ejemplo, ciertos patrones de tamaño en los molares). Los autores plantean que podría tratarse de una forma evolucionada de erectus en el norte de África, colocada cerca del punto de divergencia entre linajes africanos y eurasiáticos; en paralelo, el hecho de que no sea “lo mismo” que Atapuerca sugiere que la diferenciación regional entre Europa y el Magreb ya estaba en marcha mucho antes de lo que solemos imaginar.
La lectura final es prudente pero potente: nadie está vendiendo estos huesos como “el abuelo definitivo” de todos, pero sí como candidatos muy próximos al cruce de caminos que importa.















