Durante los últimos años nos hemos acostumbrado a los remakes de videojuegos clásicos, algunos de una calidad extraordinaria, capaces de recuperar obras que parecían difíciles de mejorar y adaptarlas a los gustos actuales. Pero no todos los juegos tienen el mismo peso en la historia del medio, y enfrentarse a una nueva versión de The Legend of Zelda: Ocarina of Time son palabras mayores. No hablamos de un clásico cualquiera, sino de uno de los videojuegos más importantes, influyentes y queridos de todos los tiempos, una aventura que marcó a toda una generación y que, casi tres décadas después de su lanzamiento en Nintendo 64, sigue siendo una referencia.
Por eso, el desafío al que se enfrenta Nintendo con este remake es enorme. ¿Cómo modernizar una obra tan venerada sin perder aquello que la hizo especial? ¿Hasta qué punto conviene respetar el original y cuándo es necesario atreverse a cambiarlo? Hace unas semanas tuvimos la oportunidad de viajar a las oficinas de Nintendo Europa para jugar durante dos horas a The Legend of Zelda: Ocarina of Time Remake, probando dos momentos muy diferentes de la aventura. Un primer contacto que nos ha encantado por muchos motivos, aunque también nos ha dejado algunas dudas sobre las decisiones que se han tomado para recuperar este clásico.
Un absoluto clásico de los videojuegos con controles modernos
Lo primero que hay que dejar claro es que estamos ante un remake que, aunque renueva por completo el apartado audiovisual y moderniza sus controles, mantiene prácticamente intactos el diseño y la estructura del original. No es una reinterpretación de Ocarina of Time, sino una reconstrucción muy fiel de aquel juego de 1998, aunque con una serie de cambios que afectan de manera importante a cómo se juega.
De todos ellos, probablemente el más importante sea el nuevo sistema de control. Ahora podemos mover la cámara libremente con el stick derecho, algo que parece una mejora evidente, pero que transforma por completo la experiencia respecto al título de Nintendo 64. Poder observar los escenarios a nuestro antojo, controlar lo que ocurre a nuestro alrededor y orientar la cámara durante la exploración y los combates hace que todo sea mucho más natural y agradable. Es una de esas novedades que, una vez probadas, cuesta imaginar cómo pudimos jugar tantos años sin ella.
También se ha introducido la posibilidad de saltar libremente, sin depender de los saltos automáticos del original, recuperando esa alegría tan básica y casi instintiva que produce poder saltar a nuestro antojo en un videojuego. Unido a unos controles mucho más precisos y fluidos, el resultado es un Link que se maneja de maravilla. Desde los primeros minutos se siente como un juego moderno, y lo cierto es que adaptarse a todas estas novedades es prácticamente inmediato. Nintendo ha acertado de lleno en este aspecto.
Hay además numerosas mejoras de calidad de vida, entre las que nos ha gustado especialmente el nuevo inventario, inspirado en el de Breath of the Wild. Mediante un cómodo sistema de selección podemos ir rotando entre nuestros objetos, una solución muy ágil que evita buena parte de las interrupciones que exigía la gestión del equipo en el original, que te obligaba a entrar en el menú de pausa. Puede parecer un detalle menor, pero en una aventura en la que utilizamos constantemente diferentes herramientas se agradece muchísimo.
Dos horas recorriendo Hyrule, del bosque Kokiri al templo del Bosque
Nuestra primera toma de contacto comenzó, como no podía ser de otra manera, en el bosque Kokiri, ese lugar inolvidable en el que arrancaba la aventura de Nintendo 64. Volver a recorrer sus caminos, encontrarnos con sus habitantes y adentrarnos en el interior del gran árbol Deku ha sido una experiencia preciosa. No solo por la nostalgia, que evidentemente juega un papel importante, sino porque todo sigue funcionando muy bien. La manera en la que el juego nos va presentando sus mecánicas, sus primeros puzles y sus combates demuestra hasta qué punto estaba cuidado el diseño del original.
También tuvimos la oportunidad de cruzar el campo de Hyrule, aquel enorme escenario que en 1998 ya anticipaba algunas ideas de los mundos abiertos, y explorar la Ciudadela de Hyrule , otros dos escenarios que cualquier aficionado recordará con especial cariño. Uno de los aspectos más interesantes de esta primera parte fue comprobar cómo Nintendo ha recreado unos lugares que conocemos casi de memoria, respetando sus proporciones, su estructura y sus elementos más característicos, pero dándoles una apariencia completamente nueva. Es emocionante reconocer cada rincón, aunque ahora esté construido con una cantidad de detalle muy superior.
La segunda parte de la demostración nos trasladó a un momento mucho más avanzado de la aventura, con Link ya adulto, y nos permitió jugar el templo del Bosque al completo, incluyendo su jefe final. Estamos hablando de una de las mazmorras más queridas del juego original, y probablemente de uno de los mejores escenarios posibles para comprobar cómo funciona este remake cuando ya disponemos de más herramientas y debemos enfrentarnos a puzles y combates más elaborados.
Las sensaciones a los mandos volvieron a ser excelentes, y explorar sus habitaciones, enfrentarnos a sus enemigos y resolver sus diferentes desafíos es un auténtico placer gracias a los nuevos controles. Todo responde con una precisión que hace que jugar sea comodísimo, y tener el control absoluto de la cámara cambia tanto la exploración como los combates. El gameplay nos ha convencido muchísimo, hasta el punto de que, si solo valoráramos cómo se siente Link a los mandos, tendríamos muy pocas pegas que ponerle a este regreso.
¿Se ha respetado demasiado el diseño de 1998?
Sin embargo, precisamente después de disfrutar de estas dos secciones empezaron a surgir nuestras principales dudas. Como decíamos, el diseño de Ocarina of Time se ha mantenido prácticamente idéntico, aunque hemos observado pequeñas modificaciones en algunos escenarios. Suponemos que buena parte de estos ajustes están relacionados con las nuevas posibilidades de movimiento, especialmente con el salto libre, pero en líneas generales tanto la disposición de los escenarios como la estructura de las mazmorras y sus puzles son los mismos que recordábamos.
Esta fidelidad es comprensible, y seguramente muchos jugadores la celebrarán, pero tiene una consecuencia que nos parece importante señalar. Se produce así un curioso contraste entre unos gráficos y unos controles propios de 2026 y un diseño que sigue siendo, esencialmente, el de un videojuego de 1998. Y aunque Ocarina of Time fue revolucionario en su momento, han pasado casi 30 años y se han publicado muchos otros Zelda en 3D que han desarrollado y perfeccionado algunas de sus ideas.
Esto lo percibimos especialmente en el templo del Bosque, ya que recordábamos esta mazmorra como un lugar enorme, intrincado y bastante complejo, en el que era fácil perderse y cuya resolución requería bastante esfuerzo. Sin embargo, al volver a recorrerla en pleno 2026 nos encontramos con un diseño bastante más sencillo de lo que teníamos en la memoria. Sus puzles siguen siendo ingeniosos y explorarla es divertido, pero ha perdido parte de esa sensación de complejidad que nos transmitió en su momento. No porque haya empeorado, sino porque nuestra experiencia con el género ha cambiado muchísimo desde entonces.
A esto hay que sumar que las mejoras del control hacen que muchos de los desafíos del original resulten considerablemente más fáciles. La libertad de cámara, la mayor precisión de movimientos y la agilidad general del personaje facilitan enormemente tanto la exploración como los combates. El mejor ejemplo lo encontramos precisamente en el jefe del templo del Bosque, un enfrentamiento que nos pareció espectacular por su puesta en escena, pero insultantemente fácil. Es una batalla que recordábamos mucho más exigente y que ahora superamos sin apenas dificultades, algo que nos dejó una sensación un tanto extraña.
Eso sí, hay una excepción interesante a esta sensación de mayor facilidad, y es que el salto manual también introduce un elemento de dificultad que no existía en el original. Ahora tenemos que calcular cuándo saltar y las distancias con mayor precisión, por lo que es más fácil equivocarse y acabar cayéndonos. De esta manera, se añade un componente de plataformeo que apenas existía en Nintendo 64, donde Link saltaba automáticamente al llegar a determinados bordes.
Evidentemente, sería precipitado sacar conclusiones definitivas sobre la dificultad después de jugar únicamente dos horas. Habrá que comprobar si esta sensación se mantiene durante el resto de la aventura, especialmente en sus últimas mazmorras. Pero es una cuestión que nos preocupa, ya que modernizar los controles sin retocar apenas los desafíos puede alterar el equilibrio del juego más de lo que parece. Quizá un remake más ambicioso, dispuesto a revisar también algunos elementos del diseño original, habría conseguido una experiencia mejor adaptada a los tiempos actuales.
Qué bien sienta volver a un Zelda de estructura tradicional
Dicho todo esto, tampoco queremos que estas críticas oculten algo que nos parece fundamental, y es que nos lo hemos pasado genial jugando a Ocarina of Time. Es una aventura maravillosa, y recuperar su estructura clásica nos ha recordado cuánto echábamos de menos este tipo de Zelda. Tanto Breath of the Wild como Tears of the Kingdom son dos juegos extraordinarios, pero su apuesta por los mundos abiertos y la libertad absoluta los alejó de la fórmula que nos hizo enamorarnos de esta saga: una aventura con una progresión muy marcada, mazmorras cuidadosamente diseñadas y nuevas posibilidades que se abren gracias a los objetos que vamos consiguiendo.
Por eso, regresar a Ocarina of Time ha sido como reencontrarnos con un viejo amigo al que llevábamos demasiado tiempo sin ver. Hay algo tremendamente satisfactorio en esta manera de entender Zelda, que nos gustaría que Nintendo recuperara también en futuras entregas. Puede que ahora nos parezca una experiencia más sencilla, pero eso no impide que siga siendo divertidísima y enormemente disfrutable. De hecho, estas dos horas se nos pasaron volando, y nos quedamos con muchas ganas de seguir jugando.
Un apartado artístico que convence, pero con una ejecución técnica decepcionante
Otro de los aspectos que más conversación ha generado desde su presentación es su nueva dirección artística, especialmente por el diseño de personajes tan importantes como Link y Zelda. Nintendo ha optado por una interpretación muy particular de los personajes y escenarios originales, con un estilo que no ha convencido a todo el mundo. Tenemos que reconocer que nosotros también teníamos nuestras reservas, especialmente con el nuevo aspecto de Link, que nos desconcertó bastante cuando vimos las primeras imágenes.
Sin embargo, con el paso de las semanas su diseño nos fue convenciendo cada vez más, y después de jugar podemos decir que estamos totalmente dentro. La dirección artística funciona mucho mejor cuando la vemos en movimiento y como parte de un conjunto, rodeados de unos escenarios que reinterpretan con mucho gusto la estética del original. También nos han encantado los nuevos modelados de los personajes y, especialmente, de los enemigos y monstruos, que lucen fantásticos y tienen mucha personalidad. Hay un trabajo artístico enorme detrás de esta reconstrucción de Hyrule, y aunque entendemos que algunas decisiones puedan seguir generando rechazo, personalmente nos ha terminado conquistando.
Mucho más criticable nos parece su apartado técnico, que es probablemente lo que menos nos ha gustado de toda la demostración. Al menos en la versión que pudimos probar, Ocarina of Time presenta una calidad de imagen bastante decepcionante, con abundante aliasing, una distancia de dibujado reducida y una falta de limpieza visual que desluce constantemente el resultado. Por momentos, la imagen tiene un aspecto un tanto feo, que no hace justicia a la calidad de los escenarios y a todo el trabajo artístico que se ha realizado.
No sabemos si el juego utiliza DLSS o alguna otra tecnología de reconstrucción de imagen, pero, si es así, desde luego los resultados no son los esperados. En cualquier caso, el resultado está lejos de lo que esperaríamos de uno de los grandes exclusivos de Nintendo Switch 2, una consola que lleva más de un año en el mercado y que ya ha demostrado que puede ofrecer videojuegos técnicamente mucho más exigentes. No creemos que el problema sea la capacidad del hardware, sino una ejecución técnica que, por algún motivo, no está a la altura de las ambiciones artísticas del proyecto.
Como contrapartida, hay que destacar que el juego funciona a 60 FPS, algo que se agradece enormemente y que contribuye a esa excelente respuesta de los controles que hemos comentado. Sin embargo, nos preguntamos si el precio que se ha pagado en términos de calidad de imagen para alcanzar esta fluidez no es demasiado elevado. Es una pena que una recreación tan cuidada de un clásico de esta importancia quede empañada por estos problemas. Ojalá Nintendo pueda mejorar algunos de ellos de cara a la versión final, porque creemos que el juego lo merece.
Una banda sonora extraordinaria y un gran doblaje al español
Por suerte, donde sí tenemos muy pocas dudas es en su apartado sonoro. La nueva banda sonora orquestal es absolutamente maravillosa, una recreación de los inolvidables temas del original realizada con un gusto exquisito. Escuchar de nuevo algunas de esas melodías que llevamos casi tres décadas grabadas en la memoria, ahora con unos arreglos mucho más ricos y elaborados, es una auténtica gozada. Se nota el enorme respeto que existe por las composiciones originales, y nos atreveríamos a decir que la música es uno de los aspectos más conseguidos de todo el remake.
También nos ha gustado mucho el doblaje al español, otra de las grandes novedades de esta versión. Las interpretaciones nos han parecido muy acertadas y ayudan a dar una nueva dimensión a los personajes y a la historia. Eso sí, hay que aclarar que las voces únicamente se utilizan en las secuencias cinematográficas, mientras que el resto de la aventura mantiene el tratamiento más tradicional de los diálogos. En cualquier caso, es una incorporación que le sienta fenomenal y que contribuye a actualizar la presentación de esta aventura.
Una leyenda que sigue teniendo muchísimo que ofrecer
Después de dos horas jugando al remake de The Legend of Zelda: Ocarina of Time, nuestras sensaciones son muy positivas. Volver a recorrer Hyrule ha sido una experiencia maravillosa, los nuevos controles funcionan de lujo, la dirección artística nos ha terminado convenciendo y la banda sonora es una auténtica delicia. Nos lo hemos pasado tan bien que estamos deseando regresar a esta aventura.
Sin embargo, también tenemos algunas dudas importantes: el apartado técnico necesita mejorar y no sabemos hasta qué punto ha sido acertado respetar tanto el diseño de 1998, especialmente cuando las mejoras jugables parecen facilitar demasiado algunos desafíos. ¿Habría sido preferible un remake más ambicioso, que se atreviera a cambiar también algunas cosas de su diseño? Es una pregunta a la que esperamos responder cuando podamos jugarlo entero. De momento, tenemos muchísimas ganas de seguir disfrutando de este clásico, que regresará el 5 de noviembre, en exclusiva para Nintendo Switch 2, con la difícil tarea de demostrar que sigue siendo uno de los mejores videojuegos de todos los tiempos.
Hemos escrito estas impresiones tras probar el juego en las oficinas de Nintendo Europa





























