El pasado junio, una bola de fuego iluminó inesperadamente el cielo de Georgia, en Estados Unidos. Lo que parecía un fenómeno pasajero terminó dejando huella en la localidad de McDonough, cuando un fragmento del meteorito impactó en el salón de una vivienda. El objeto, bautizado ya como meteorito McDonough, atravesó el techo y golpeó con tal fuerza que pulverizó parte del suelo, según explicaron los investigadores de la Universidad de Georgia.
Solo quedaron 23 gramos intactos del objeto
Scott Harris, geólogo planetario de dicha institución, fue uno de los primeros en examinar el hallazgo. “La magnitud del impacto fue tan grande que parte del suelo se convirtió literalmente en polvo”, relató en un comunicado. El dueño de la casa asegura que aún hoy sigue encontrando restos finísimos del meteorito repartidos por distintas estancias de la vivienda, prueba de la energía liberada durante la colisión.
Los expertos recuperaron 23 gramos de roca espacial, cantidad suficiente para iniciar un estudio en profundidad. Los análisis preliminares apuntan a que se trata de una condrita común con bajo contenido en hierro, uno de los tipos de meteoritos más frecuentes en la superficie terrestre. Sin embargo, la antigüedad del fragmento lo hace excepcional: se formó hace unos 4.560 millones de años, lo que significa que es anterior incluso a la propia formación de la Tierra, datada en unos 4.540 millones de años.
La procedencia del meteorito también ha quedado más clara. Según Harris, el fragmento sería parte de un asteroide mayor originado en el cinturón principal entre Marte y Júpiter. En algún momento de su historia, este cuerpo celeste se fragmentó, enviando pedazos a distintas trayectorias. Uno de ellos viajó durante millones de años hasta terminar intersectando la órbita terrestre y caer sobre la vivienda estadounidense.
Casos como el de McDonough recuerdan que, aunque la mayoría de meteoritos que alcanzan nuestro planeta se desintegran en la atmósfera, algunos logran sobrevivir y provocar daños incluso siendo diminutos. Ejemplos anteriores, como el meteorito de Peekskill en 1992, que destrozó un coche, o el de Cheliábinsk en 2013, que hirió a más de 1.500 personas tras estallar en el aire, evidencian que la amenaza cósmica no siempre se mide en kilómetros de diámetro, sino en el azar de la trayectoria.
Para los científicos, cada fragmento recuperado es una cápsula del tiempo. “Necesitamos investigar a qué grupo de asteroides pertenecía y qué nos puede contar sobre los orígenes del sistema solar”, señaló Harris.















