China tiene un plan. El gigante asiático, inmerso en una revolución arquitectónica de diversos campos que abarcan desde la energía a los ajustes medioambientales, ha decidido dejar constancia por escrito de una ambición espacial difícil de ignorar.
A finales de 2025, el país presentó ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones un megaplan que contempla el despliegue de casi 200.000 satélites en la órbita terrestre, una cifra que desborda cualquier precedente reciente. La solicitud llegó firmada por un organismo de nueva creación, el Instituto para la Utilización del Espectro Radioeléctrico y la Innovación Tecnológica, diseñado expresamente para liderar esta ofensiva regulatoria y técnica. Lo tienen claro: derrotar a Elon Musk en su propio terreno.
China lanza un megaproyecto espacial para rivalizar con Elon Musk: solicita 200 satélites a la ONU y desafía a EE. UU. en órbita
El gesto no es menor. Registrar primero implica ocupar espacio legal y orbital antes incluso de que el hardware exista. En un entorno donde las frecuencias y las órbitas son recursos finitos, adelantarse en la UIT equivale a colocar banderas en un territorio aún vacío. Y el mensaje tiene destinatario claro: SpaceX y su red Starlink, el proyecto privado que hasta ahora dominaba el relato de las megaconstelaciones.
El plan chino se articula en dos grandes bloques, CTC‑1 y CTC‑2, cada uno con cerca de 100.000 satélites repartidos en miles de órbitas. Combinados, elevan la escala del proyecto a un nivel que ya no puede leerse solo en clave comercial. Constelaciones de este tamaño alteran el equilibrio de la órbita baja, amplían de forma drástica la capacidad de comunicaciones y vigilancia, y convierten el espacio en una infraestructura persistente, casi omnipresente.
Sin embargo, la ambición choca con límites muy concretos impuestos por la falta de infraestructura dentro del gigante asiático. China fabrica actualmente unos 300 satélites al año y aspira a duplicar esa cifra hasta 600. Incluso así, el ritmo queda muy lejos de lo necesario para materializar el plan dentro de los plazos que exige el registro internacional. Lo mismo ocurre con los lanzamientos: 2025 cerró con un récord de 92 misiones orbitales, una cifra notable, pero insuficiente si se pretende poner en órbita cientos de miles de unidades en una ventana de apenas siete años.
Ahí aparece la paradoja del proyecto y la que, curiosamente, marcará el éxito del proyecto a corto, medio y largo plazo. Estratégicamente, el anuncio ya cumple su función: presiona a Estados Unidos, desafía el dominio de Elon Musk y redefine la conversación global sobre el uso de la órbita terrestre para la conquista espacial. Operativamente, en cambio, deja claro que existen grande cuellos de botella industriales y logísticos difíciles de esquivar dentro de China. No basta con diseñar constelaciones gigantes; hay que sostener una cadena de producción, integración y lanzamiento que funcione como una auténtica línea de montaje espacial.
Lo cierto es que, en contra de lo que habríamos pensado hace unos años -como lo que ocurre en el campo medioambiental-, la órbita baja deja de ser un simple escenario técnico y se transforma en un espacio de fricción geopolítica. Más satélites significan más influencia, más control de infraestructura crítica y más tensión en un entorno limitado. El megaplan chino no solo promete cambiar el cielo que rodea la Tierra: convierte ese cielo en un nuevo tablero de poder, donde la ambición y la capacidad real avanzan juntas, pero no siempre al mismo ritmo.















