El HMS Queen Elizabeth sigue siendo el mayor portaaviones jamás operado por Reino Unido, pero algunos de los datos que circulan sobre él conviene afinarlos. La propia Royal Navy y el Ministerio de Defensa británico sitúan sus dimensiones en torno a los 280 metros de eslora y unas 65.000 toneladas de desplazamiento, con una cubierta de vuelo de 70 metros de ancho diseñada para actuar como una auténtica base aérea en alta mar.
Su papel estratégico va mucho más allá de la imagen icónica del gran buque con cazas sobre cubierta. La clase Queen Elizabeth fue concebida para devolver al Reino Unido una capacidad de proyección global que no dependiera de bases terrestres cercanas, algo clave tanto para operaciones militares como para despliegues disuasorios y misiones con aliados. De hecho, la Royal Navy lo presenta abiertamente como el núcleo de su capacidad de carrier strike, es decir, de ataque aeronaval de largo alcance.
Una base aérea flotante para proyección global
También merece matiz la parte técnica. No funciona con “10 motores diésel”, como repiten algunos textos virales, sino con un sistema de propulsión eléctrica integrada alimentado por dos turbinas de gas Rolls-Royce MT30 y cuatro generadores diésel de media velocidad, según Rolls-Royce y la información técnica pública del programa. Esa arquitectura fue elegida para combinar potencia, flexibilidad operativa y espacio útil para la misión aérea.
En el aire, su gran baza son los F-35B Lightning II, cazas de despegue corto y aterrizaje vertical que permiten operar sin catapultas. La Royal Navy indica que estos portaaviones pueden embarcar hasta 72 aeronaves en configuraciones máximas, aunque el número operativo de F-35B suele ser bastante menor y se combina con helicópteros Merlin, Wildcat, Chinook o Apache según la misión. En otras palabras, no es solo un portaaviones para lanzar cazas, sino una plataforma mucho más flexible para vigilancia, guerra antisubmarina, transporte y apoyo.
Potencia naval con una factura enorme
El programa, eso sí, arrastra una larga sombra presupuestaria. El coste de adquisición de los dos portaaviones de esta clase se ha situado en torno a 6.000-6.200 millones de libras, bastante por encima de las primeras previsiones. Esa cifra aparece tanto en respuestas oficiales del Parlamento británico como en documentación pública del programa, y ha sido uno de los puntos más discutidos desde su lanzamiento.















