Llega marzo, los días se alargan, las temperaturas suben y, de repente, muchos sienten un cansancio inesperado, apatía y sueño constante. Tradicionalmente, esto se ha etiquetado como “astenia primaveral”: un síndrome casi mítico que invita a buscar síntomas en internet y a invertir en costosos complejos vitamínicos para “compensar” el efecto del cambio de estación. Pero, ¿hasta qué punto existe realmente?
Desmontado el mito: la “astenia primaveral” es solo un efecto nocebo asociado al cambio de estación
Hasta hace poco, la evidencia científica era escasa y contradictoria. Sin embargo, un estudio reciente publicado en Journal of Sleep Research ha arrojado luz sobre el fenómeno. La investigación, liderada por la Dra. Christine Blume, del Centro de Cronobiología del Hospital Universitario Psiquiátrico de Basilea, siguió a 418 adultos de Alemania, Suiza y Austria entre abril de 2024 y septiembre de 2025. Cada seis semanas, los participantes rellenaban cuestionarios sobre fatiga, somnolencia, insomnio y calidad del sueño. Al final, los datos permitieron cruzar información y verificar si existía un patrón estacional en la fatiga.
El resultado fue concluyente: el 47% de los participantes afirmaba padecer “astenia primaveral”, pero los análisis mostraron que no existía ninguna variación estacional ni mensual significativa en fatiga, somnolencia o calidad del sueño. El cansancio reportado en primavera era prácticamente idéntico al experimentado en otoño o invierno, y de hecho la fatiga diaria tendía a disminuir ligeramente conforme los días se hacían más largos. En otras palabras, la sensación de agotamiento primaveral parece ser un fenómeno cultural más que un síndrome fisiológico.
El estudio propone varias explicaciones psicológicas. El efecto nocebo juega un papel clave: si esperamos sentirnos cansados, cualquier signo de fatiga se interpreta como confirmación. La disonancia cognitiva aparece cuando el buen tiempo presiona socialmente a disfrutar al aire libre, y etiquetar el cansancio como “astenia primaveral” se convierte en una excusa aceptable. Por último, el efecto de etiquetado modifica nuestra percepción física, igual que el vino sabe mejor cuando nos dicen que es caro.
La cronobiología confirma que sí existen variaciones estacionales en el sueño, pero en poblaciones preindustriales o en estudios universitarios, estas alteraciones no generan cuadros clínicos ni picos de fatiga en primavera. La medicina moderna, por su parte, no reconoce la “astenia primaveral” como diagnóstico, aunque sí advierte sobre patologías reales que pueden generar fatiga, desde anemia hasta trastornos tiroideos.
Mientras tanto, la industria de los suplementos se aprovecha de la creencia generalizada: vitaminas, pastillas de cafeína y productos “energizantes” encuentran un mercado seguro en quienes buscan soluciones rápidas para un cansancio más cultural que real. La primavera, al final, se ha convertido en un negocio rentable más que en un desafío biológico.















