Marruecos está llevando a cabo una transformación significativa en su política hídrica, en respuesta a la creciente sequía estructural. En colaboración con España, el país norteafricano ha iniciado la construcción de la mayor planta desalinizadora de África en Casablanca. Este ambicioso proyecto de ingeniería busca asegurar el suministro de agua en uno de sus principales centros económicos.
Más allá de abordar la emergencia climática, esta infraestructura pretende redefinir la gestión del agua en Marruecos. El país busca reducir su histórica dependencia de las lluvias y de embalses cada vez más irregulares, apostando por el mar como fuente alternativa. Este cambio de paradigma es ambicioso, sí, pero también complejo en su ejecución. El camino no será fácil.
Marruecos, en un cambio estratégico, se alía con España para prepararse para la próxima sequía: construirá la mayor desaladora de África
El consorcio internacional liderado por la empresa española Acciona ha sido adjudicatario del proyecto, lo que fortalece la cooperación técnica y económica entre España y Marruecos en sectores estratégicos como el agua y las infraestructuras críticas.
La futura planta desalinizadora tendrá una capacidad de producción estimada de 300 millones de metros cúbicos de agua al año, desarrollada en varias fases. Una vez plenamente operativa, abastecerá a más de 7,5 millones de personas en áreas clave como Casablanca, Settat y Berrechid, convirtiéndose en una pieza fundamental del sistema hídrico nacional.
El respaldo financiero español ha sido fundamental para la viabilidad del proyecto. Instituciones públicas y entidades privadas, como el Ministerio de Economía español, la Compañía Española de Financiación del Desarrollo y CaixaBank, han unido fuerzas para una inversión conjunta de aproximadamente 340 millones de euros, crucial para impulsar la construcción de la planta.
Más allá de su impacto inmediato, la iniciativa consolida el papel de Marruecos como un hub regional en transición tecnológica. La desaladora aspira a ser un modelo de sostenibilidad, funcionando íntegramente con energía renovable, principalmente eólica, reduciendo así la huella ambiental de un proceso tradicionalmente muy intensivo en consumo eléctrico.
Con este proyecto, Marruecos establece una hoja de ruta clara: para 2030, cerca del 60% del agua potable del país provendrá de la desalinización. Un objetivo ambicioso y disruptivo que podría redefinir la relación del país con uno de sus mayores desafíos históricos.
En esencia, este proyecto tiene el potencial de transformar la vida de millones de personas en el área de Casablanca y sus alrededores. Sin embargo, también representa una apuesta de enorme complejidad técnica y financiera, que requerirá continuidad, inversión sostenida y una planificación meticulosa para no quedarse en una promesa a medio camino.















