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La generación Z lo confirma: los jóvenes españoles venden su privacidad por menos de lo que cuesta una suscripción a Netflix

Al igual que ocurrió con el escaneo de iris a cambio de criptomonedas en España, la historia suele repetirse: lo que empieza como innovación termina como explotación.
La generación Z lo confirma: los jóvenes españoles venden su privacidad por menos de lo que cuesta una suscripción a Netflix
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Actualizado: 13:04 28/5/2025
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privacidad

Una nueva tendencia está tomando forma entre los jóvenes de la generación Z: vender su huella digital diaria a cambio de un ingreso mensual. La empresa responsable es Verb.AI, que ha lanzado una propuesta tan polémica como tentadora: pagar a los usuarios por monitorizar su uso del móvil y recopilar sus datos para crear perfiles digitales hiperprecisos.

El modelo, que ofrece en torno a 50 dólares mensuales por usuario, ha ganado tracción rápidamente entre los jóvenes, en especial después de que un estudio de Euromonitor International revelara que el 88 % de este grupo etario está dispuesto a compartir sus datos personales si obtiene un beneficio económico o una mejora en la experiencia digital.

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Los jóvenes pasan más de siete horas al móvil cada día

La base del negocio es doble: por un lado, los jóvenes ya pasan una media de siete horas al día usando el móvil; por otro, existe una aparente contradicción generacional. Aunque la Gen Z ha demostrado más conciencia sobre la privacidad digital —leen más sobre cookies, cifran sus comunicaciones o buscan navegadores respetuosos con la privacidad—, no parecen tener reparos en monetizar esos mismos datos si el precio es el adecuado. Lo irónico es que esa supuesta “compensación justa” apenas supone un beneficio superior al que ya obtienen los data brokers, quienes, según estimaciones, ganan alrededor de 30 dólares mensuales por usuario sin compartir ni un céntimo.

Sin embargo, lo que ofrece Verb.AI va más allá de la compraventa puntual de información. La empresa busca crear “gemelos digitales”: modelos de comportamiento hiperrealistas basados en los hábitos, emociones y decisiones de consumo de sus usuarios. Estos avatares serán explotados por anunciantes y marcas que pagarán por acceder a simulaciones de generaciones enteras con fines comerciales. Aunque la promesa es innovadora, también abre una puerta inquietante: convertir la identidad digital de una generación en una propiedad más del capitalismo de vigilancia.

La paradoja del modelo es evidente. Por un lado, permite a jóvenes con empleos precarios o ingresos inestables acceder a una nueva forma de ingreso pasivo; por otro, perpetúa la lógica de corto plazo en la que pan para hoy equivale a hambre para mañana. El valor de los datos no solo es desigual, sino que puede verse aún más devaluado cuando el mercado se sature de clones digitales y las regulaciones sobre privacidad (cada vez más exigentes en Europa y América del Norte) limiten la explotación de estos perfiles. Además, hay una pregunta ética ineludible: ¿estamos normalizando que el tiempo y la intimidad personal se vendan como si fueran cualquier producto?

Así, mientras algunos celebran este tipo de iniciativas como una forma de "empoderamiento digital" o incluso de redistribución de valor, otros advierten que esta estrategia no deja de ser una sofisticación del modelo extractivo. Lo que antes se hacía gratis —entregar datos a cambio de servicios— ahora se convierte en una venta consciente, pero no necesariamente justa. Si la Generación Z espera cobrar 50 dólares de por vida por su reflejo digital, debería ir replanteándose la letra pequeña. Porque, al igual que ocurrió con el escaneo de iris a cambio de criptomonedas, la historia suele repetirse: lo que empieza como innovación termina como explotación.

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