La película juega con un miedo muy concreto: el de mirar a un animal inteligente a los ojos y descubrir que, si algo se tuerce, ya no estás ante “una mascota”, sino ante un rival con fuerza, dientes y una lógica propia. La premisa de Primate es simple y por eso funciona: una familia vuelve a su casa de vacaciones en Hawái, se reencuentra con Ben —un chimpancé criado en un entorno doméstico— y un contagio de rabia convierte el descanso en un problema biológico con consecuencias de slasher.
Johannes Roberts, director de Resident Evil: bienvenidos a Raccoon City , dirige con la claridad de quien sabe que el truco no está en complicar el mapa, sino en apretar el tornillo. No hay exceso de mitología ni subrayados innecesarios: la película entra en materia pronto, levanta una situación de encierro y la exprime como una olla a presión. Esa economía narrativa —película corta, mala uva, ritmo que no da tregua— es parte de su encanto y también su declaración de intenciones.
Un slasher con un asesino peludo
El escenario es un hallazgo: la casa aislada y la fiesta se convierten en una trampa de lujo, y el elemento “piscina” (tan asociado a lo aspiracional) pasa a ser un perímetro táctico. A ratos, <i>Primate parece una película de supervivencia más que de terror: cuerpos calculando distancias, decisiones rápidas, miedo que no tiene tiempo de transformarse en discurso. Sitges la vende justo así —horror y supervivencia con un dispositivo tan básico como cruel— y la descripción le encaja como un guante.
Luego está Ben, que es el centro de todo… y el reto de la película. Aquí hay una decisión clave: apostar por una presencia física (traje, prótesis, trabajo corporal) para que el “antagonista” tenga peso en el plano, no solo en la idea. Puede que el espectador note costuras en algún gesto, pero a cambio gana textura: el terror se sostiene mejor cuando algo ocupa espacio real, proyecta sombra real y amenaza con contacto real.
Cabe destacar cómo integra a Troy Kotsur en un rol que no es adorno, porque su condición (un padre sordo que se comunica con lengua de signos) afecta la logística del miedo: la comunicación se vuelve frágil, los avisos llegan tarde, el entorno se siente más hostil sin que nadie tenga que explicarlo.
¿Es original? No especialmente: bebe de ese linaje de “animal impredecible” que el cine ha usado mil veces, y la propia conversación alrededor de la película la conecta con inspiraciones muy reconocibles dentro del terror popular. Pero Primate entiende algo importante: a veces la novedad no está en inventar un monstruo nuevo, sino en diseñar bien la mecánica del pánico.
Cuando funciona mejor es cuando deja de ser “la película del simio asesino” y se convierte en una coreografía de errores humanos: confianza mal colocada, exceso de alcohol, la típica valentía que solo aparece porque el cerebro necesita creer que controla la situación. Y cuando patina, suele ser por lo contrario: algún giro que parece llegar antes por obligación de guion que por necesidad orgánica. Aun así, el balance es favorable: como golpe de terror directo, desagradable y eficaz, cumple lo que promete.
Si te atraen las cintas de género que van al grano (y no te echa para atrás la violencia), Primate es de esas películas que sales comentando más por el pulso que por la tesis. Se estrenó primero en circuito de festival y ha ido consolidándose con recepción mayoritariamente positiva en agregadores. Y, sobre todo, deja esa idea incómoda al apagar la luz: no era “un monstruo”; era un animal, y eso da más miedo.















