Hace 125 años, un hallazgo fortuito en el fondo del mar Egeo cambió la percepción moderna sobre las capacidades tecnológicas de la Antigüedad. Entre los restos de un naufragio frente a la isla de Anticitera, buzos descubrieron una maraña de engranajes de bronce que pasaría a ser conocido como el mecanismo de Anticitera.
Durante décadas, este artefacto intrigó a historiadores y científicos, hasta que el investigador Derek de Solla Price, en la década de 1950, propuso que se trataba de una sofisticada “computadora” astronómica construida entre el 200 y el 100 a.C., capaz de predecir eclipses y posiciones planetarias.
Compuesto de al menos 30 engranajes
A lo largo de los años, reconstrucciones físicas y simulaciones digitales han intentado descifrar el verdadero propósito y funcionamiento del dispositivo. Compuesto por al menos 30 engranajes interconectados, el mecanismo, según estudios publicados en Nature y Scientific American, podría modelar el movimiento irregular de la Luna y calcular ciclos calendáricos complejos. Sin embargo, recientes investigaciones de la Universidad Nacional de Mar del Plata, compartidas en la plataforma arXiv, sugieren que el mecanismo podría no haber funcionado de manera efectiva, debilitando la idea de que fue una herramienta astronómica plenamente operativa.
Los investigadores argentinos Esteban Guillermo Szigety y Gustavo Francisco Arenas replicaron digitalmente el mecanismo teniendo en cuenta las imperfecciones detectadas en los engranajes: dientes irregulares, desalineaciones y corrosión. Su simulación reveló un problema fundamental: los engranajes se atascaban al accionar la manivela, lo que haría inviable su uso para cálculos precisos. Aunque los dientes triangulares no alteraban gravemente la transmisión de movimiento, la falta de uniformidad en el sistema mecánico podría haber reducido el mecanismo a un objeto simbólico o demostrativo más que a un verdadero instrumento científico.
Su deterioro dificulta su investigación
No obstante, los propios autores advierten que parte de las imperfecciones podrían ser fruto del deterioro sufrido durante dos milenios bajo el mar. La hipótesis de que el mecanismo no fuera plenamente funcional no desmerece la destreza técnica de sus creadores. Como señala un análisis de la Hellenic Institute of Marine Archaeology, construir un artefacto de esta complejidad requería conocimientos avanzados de matemáticas, astronomía y metalurgia muy superiores a los que se atribuían a las civilizaciones helenísticas hasta su descubrimiento.
Los expertos coinciden en que nuevas técnicas de análisis, como la tomografía de rayos X de ultra alta resolución, serán claves para entender mejor un aparato que, dos mil años después, continúa desafiando nuestra imaginación.















