Para muchos, el olor del césped recién cortado evoca momentos de verano, naturaleza o incluso bienestar. Sin embargo, según explica el biólogo Álvaro Bayón, esta fragancia que asociamos con lo placentero es en realidad un grito químico de alarma emitido por las plantas.
“Ese aroma tan agradable en realidad es una señal de alarma de las plantas”, asegura. No es un perfume natural pensado para gustarnos, sino un mensaje de auxilio que activa respuestas defensivas.
Es un grito en silencio de las plantas
Cuando el césped o cualquier otra herbácea está siendo atacada, por ejemplo, al ser cortada o comida por un herbívoro, emite compuestos volátiles para advertir a otras plantas de su especie. Estas vecinas, al detectar las señales, inician la producción de defensas químicas como respuesta anticipada. En otras palabras, lo que olemos es el resultado de un sistema de comunicación vegetal frente a una amenaza externa.
Pero lo más curioso es cómo interviene el ser humano en esta cadena. Bayón detalla que estos compuestos volátiles, conocidos como glv (green leaf volatiles), atraen a depredadores naturales de los herbívoros, como insectos carnívoros o aves, que actúan como aliados no conscientes de las plantas. “Atrae a los depredadores de los que se comen el césped. Porque a lo mejor no comes césped, pero sí que comes pollo o ternera o conejo”, apunta el biólogo, estableciendo una relación evolutiva inesperada entre el olor y nuestros propios gustos alimentarios.
Desde el punto de vista evolutivo, el hecho de que ese olor nos resulte placentero podría tener una explicación adaptativa. A lo largo de la historia, los humanos hemos dependido de entornos donde crecían animales herbívoros para cazar y alimentarnos. Ese olor, entonces, pudo haberse convertido en un marcador inconsciente de zonas fértiles y propicias para la supervivencia. Así, nuestra atracción por el aroma del césped cortado podría estar anclada en un pasado evolutivo común.















