Bajo el “mar de olivos” del norte de Jaén, en España, empieza a asomar otro tipo de mapa: el de los minerales críticos que sostienen la electrónica, la defensa y la transición energética. Una empresa australiana, Osmond Resources, ha situado su proyecto Orión EU en el entorno de Aldeaquemada, Castellar, Montizón y Santisteban del Puerto, donde busca una combinación poco habitual en este país: titanio y circón (zirconio/hafnio) en una zona con potencial de millones de toneladas de mineral con tierras raras. La palabra clave, de momento, no es “mina”, sino “exploración”: perforaciones iniciales, muestreos y una carrera por demostrar si hay recurso suficiente y procesable.
Según la documentación citada por la prensa local y la propia compañía, el perímetro de investigación ronda las 756 cuadrículas mineras (unos 228 km²) y ya se ha delimitado una “Zona 1” prioritaria de alrededor de 10 km². Los resultados que se han divulgado —siempre presentados como preliminares— apuntan a leyes de TiO₂ en el entorno del 14–15%, ZrO₂ de hasta el 5,6% y óxidos totales de tierras raras (TREO) cerca del 1,1%, con rutilo/ilmenita, circón y monacita entre los minerales identificados. El siguiente hito que la empresa pone sobre la mesa es una primera estimación de recursos y un “scoping study” para la segunda mitad de 2026.
La lista crítica y sus usos
Que aparezcan estos nombres en un mismo titular no es casualidad: Bruselas ha incorporado, por ejemplo, el hafnio, las tierras raras y el titanio (como “titanium metal”) en su lista de materias primas críticas, precisamente por su peso industrial y el riesgo de suministro. En términos prácticos, el titanio alimenta tanto la industria del pigmento (TiO₂) como aplicaciones donde importa la resistencia y la corrosión; y el hafnio, coproducto asociado a minerales de zirconio, se usa en superaleaciones y otras aplicaciones de alta exigencia.
El “cómo” geológico también importa para entender el proyecto. Orión EU se describe como un sistema de arenas tipo placer (en este caso, “litificado”): depósitos sedimentarios donde minerales densos se concentran por selección natural del agua y el viento. Es el mismo tipo de yacimiento que, a escala global, ha sido una fuente principal de rutilo/ilmenita para la industria del TiO₂ y de circón como coproducto; y puede incluir monacita, una vía clásica para obtener tierras raras… con la complicación añadida de que suele portar torio, algo que introduce requisitos regulatorios y de gestión ambiental más estrictos.
Autonomía estratégica y tensión ambiental
La dimensión política explica la prisa. La UE intenta reforzar su autonomía en materias primas con el Critical Raw Materials Act, que fija metas de capacidad interna para 2030 (entre ellas, al menos un 10% del consumo anual en extracción, 40% en procesado y 25% en reciclaje, además de limitar la dependencia de un solo tercer país). Y el tablero se mueve porque la demanda de minerales para tecnologías limpias crece: la Agencia Internacional de la Energía proyecta aumentos fuertes para varios materiales y, en escenarios de despliegue acelerado, la presión sobre cadenas de suministro se vuelve estructural.
El freno de mano está en la superficie: hablamos de Sierra Morena y de un mosaico de espacios protegidos donde la evaluación ambiental no es un trámite, sino el corazón del debate. Medios nacionales recogen que parte del área potencial se solapa con figuras como LIC y ZEPA, citando especies emblemáticas como el lince ibérico o el águila imperial, lo que anticipa informes exigentes y un conflicto clásico de la era “verde”: extraer materiales para descarbonizar sin degradar el capital natural.















