El pescado puede parecer impecable: carne firme, brillo limpio y olor neutro. Desgraciadamente, bajo esta apariencia casi perfecta puede esconderse uno de los fenómenos más desconcertantes de la toxicología marina, el conocido como la ciguatera. Esta intoxicación no altera el sabor ni deja pistas visibles, pero sí desordena por completo la forma en que el cuerpo interpreta la temperatura.
En los casos más característicos, el frío se percibe como quemazón y el calor como una sensación helada. Este cortocircuito sensorial ha convertido la ciguatera en un problema creciente en zonas donde, hasta hace poco, era una rareza exótica.
Alarma y preocupación en España: la toxina que altera la percepción del frío y el calor desconcierta a los pescadores canarios
Durante años, la ciguatera se asoció casi exclusivamente a regiones tropicales del Pacífico o el Caribe. Sin embargo, ese mapa se ha ido difuminando. En Canarias, donde la pesca es fundamental para la economía y la cultura, su presencia ha pasado de anecdótica a vigilada. Esto obliga a científicos y autoridades a afinar la vigilancia sanitaria sin generar alarmismos.
Ana Gago-Martínez, investigadora de la Universidad de Vigo, ha dedicado su investigación al comportamiento de las ciguatoxinas y sus efectos en la cadena alimentaria marina. En una reciente intervención en Tenerife, durante el cierre del VIII Encuentro de los Mares, enfatizó la importancia de mejorar la información disponible para pescadores, distribuidores y consumidores, sin generar alarma.
Las ciguatoxinas, compuestos producidos por microalgas marinas, no son un contaminante externo, sino que forman parte del propio ecosistema. Estas toxinas ascienden por la cadena trófica, afectando primero a pequeños peces herbívoros, luego a los depredadores y, finalmente, al ser humano. A diferencia de otros riesgos más conocidos como el anisakis, las ciguatoxinas no son detectables a simple vista, y ni el congelado ni la cocción las eliminan.
Los síntomas de la ciguatera pueden manifestarse en cuestión de horas e incluyen trastornos gastrointestinales como vómitos, diarrea o dolor abdominal. También pueden presentarse manifestaciones neurológicas menos comunes pero muy características, como picor intenso, sudoraciones, alteraciones del gusto o la inversión de la percepción térmica, que da nombre a la preocupación científica. En casos graves, la enfermedad puede requerir atención hospitalaria, aunque la mortalidad es baja.
A nivel mundial, se estima que decenas de miles de personas contraen ciguatera cada año, aunque el infradiagnóstico dificulta la obtención de cifras exactas. El calentamiento del agua del mar está ampliando las zonas donde prosperan las microalgas productoras de toxinas, lo que explica que regiones como Canarias estén ahora más expuestas que en décadas anteriores.
En el archipiélago, los primeros episodios documentados se remontan a principios de los 2000. Desde entonces, se han establecido protocolos de control, especialmente para especies de gran tamaño. La comunidad científica trabaja actualmente en mejorar métodos de detección más rápidos y precisos, mientras que el sector pesquero solicita reducir las incertidumbres que afectan directamente a la comercialización del producto.
Más que un problema puntual, la ciguatera se ha convertido en una advertencia silenciosa de un océano que cambia sus reglas y nos obliga a comprender que incluso aquello que parece completamente seguro puede esconder dinámicas mucho más complejas de lo que aparenta.















