El final de Stranger Things no es solo el cierre de una de las series más populares de la era del streaming, sino también la conclusión de un fenómeno cultural que supo capturar como pocos el espíritu de una generación.
Desde su estreno, la ficción creada por los hermanos Duffer se articuló como un ejercicio de nostalgia consciente, una carta de amor al cine fantástico y de aventuras de los años ochenta, pero también como un relato íntimo sobre la amistad, la pérdida y el paso a la madurez. Su exitoso desenlace, ambicioso y de una escala casi desmesurada, sintetiza tanto sus mayores virtudes como sus debilidades más persistentes. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué hay numerosas tramas y elementos que quedan sin respuestas? ¿Tienen sentido muchas de las críticas? ¿Por qué los showrunner han depositado tantas tramas y respuestas a una obra de teatro?
El cierre de Stranger Things confirma su gran paradoja: cuanto más grande se hace, menos conmueve
En términos de producción, el cierre de Stranger Things exhibe el músculo industrial de Netflix con una seguridad casi arrogante. Hay presupuesto, hay medios y hay voluntad de deslumbrar. Sin embargo, no todo ese despliegue juega a favor de la serie. La fotografía, excesivamente contrastada y plana en su tramo final, sacrifica atmósferas y matices en favor de una espectacularidad algo ruidosa, más pendiente del impacto inmediato que de construir una identidad visual coherente.
La integración de los efectos digitales, por momentos impecable, también deja ver costuras: hay planos donde el CGI se impone al espacio físico y rompe la ilusión existente en los primeros episodios, recordándonos demasiado a menudo que estamos ante un producto diseñado en posproducción.
La composición de planos y el montaje refuerzan esa sensación de hipertrofia visual. Los encuadres tienden a subrayar lo grandilocuente o al primer plano más aburrido, con movimientos enfáticos que buscan épica constante en los diálogos, pero que acaban uniformando la puesta en escena y restándole intimidad a los momentos clave. Los Duffer demuestran que dominan el lenguaje del espectáculo contemporáneo, sí, pero también que su ambición por ir siempre un paso más allá termina volviéndose contra ellos.
Uno de los mayores problemas que aqueja Stranger Things es que el final quiere ser definitivo, explicativo, emocional y apocalíptico a la vez, y en ese empeño por multiplicar estímulos visuales se diluye parte de la magia: aquella sencillez bien medida, casi artesanal, que hizo de esta serie algo más que una superproducción seriada.
No es ninguna tontería decir que Stranger Things siempre funcionó mejor cuando apostó por lo sencillo. Sus momentos más memorables no nacen de la acumulación de amenazas cósmicas, dimensiones alternativas o villanos gigantescos, sino de escenas pequeñas. Los Duffer se sienten mucho más cómodos cuando muestran a un grupo de niños hablando y jugando a Dragones y Mazmorras en un sótano, cuando se apoyan en una conversación entre dos adultos o cuando exploran los pecados del pasado en temas tan profundos como paternidad o la identidad.
En el tramo final, la serie parece olvidar en ocasiones esa lección, confiando demasiado en ese mal actual del medio audiovisual que es la hipertrofia narrativa, cuando es evidente que su verdadero poder reside en la cercanía emocional. Este exceso se percibe también en la necesidad de cerrar todos los arcos, de explicar cada misterio y de subrayar cada emoción. No, no lo consiguen. Se quedan muchas tramas abiertas, se muestran graves incoherencias que incluso contradicen las propias reglas impuestas por la serie tiempo atrás y queda patente que, los Duffer, pese a la seguridad que intentan transmitir en sus declaraciones, no tenían tantas cosas planeadas como parecía en un principio.
Entendemos -y los creativos de Netflix igual- que el terror y la fantasía, géneros que la serie ha sabido manejar con notable inteligencia, pierden fuerza cuando se racionalizan en exceso. La sugestión y la ambigüedad -elementos clave en el cine que los Duffer homenajean- pueden quedar relegados en favor de una conclusión exhaustiva que, aunque eficaz, podría resultar menos elegante. Lo que nos hemos encontrado aquí es un término medio bastante atroz, que cercena ideas buenas, pasa de puntillas por otro y se pierde en temas capituales.
En el apartado interpretativo, el final ofrece un balance desigual, aunque mayoritariamente positivo. El reparto coral, uno de los grandes aciertos de la serie desde su inicio, sostiene el peso emocional de la despedida con profesionalidad y compromiso. Actores veteranos como Winona Ryder aportan solidez y una melancolía bien calibrada, mientras que el elenco joven demuestra una evolución evidente respecto a las primeras temporadas, reflejo de un crecimiento tanto artístico como narrativo.
Mención aparte merece David Harbour, cuya interpretación de Jim Hopper se consolida como el auténtico corazón dramático de Stranger Things. Harbour compone un personaje lleno de matices, capaz de transitar de la brusquedad a la vulnerabilidad con una naturalidad admirable. En el desenlace, su contención emocional resulta mucho más efectiva que cualquier explosión de dramatismo, recordándonos que el verdadero heroísmo de la serie siempre estuvo ligado a lo humano, no a lo espectacular.
No todas las actuaciones, sin embargo, alcanzan el mismo nivel. Millie Bobby Brown, figura central del relato y uno de los rostros más reconocibles de la serie, está demasiado irregular en este tramo final. Su interpretación, en ocasiones excesivamente enfática y otras veces inexpresiva hasta la parodia, sacrifica sutileza en favor de una intensidad constante que termina por resultar reiterativa. El problema no es tanto su papel o rol en la historia como la falta de matices, especialmente en un personaje que habría ganado profundidad con una mayor contención expresiva.
Aun así, sería injusto reducir la conclusión de Stranger Things a sus evidentes y claros desajustes. La serie se despide con una identidad clara y coherente consigo misma, pese a su torpeza en muchos de sus capítulos finales. Los Duffer cierran su historia con relativa honestidad, sin traicionar en buena parte del espíritu que la hizo triunfar, aunque dejando la sensación de que menos habría sido más. En un contexto televisivo cada vez más dominado por la lógica del exceso y la necesidad de justificar grandes presupuestos, Stranger Things recuerda, incluso en sus momentos más fallidos, la importancia de los personajes y de los vínculos emocionales.
El legado de la serie no reside únicamente en su impacto mediático o en su capacidad para revitalizar iconografías del pasado, sino en haber demostrado que el gran espectáculo puede convivir con la emoción sincera. Su final no es perfecto, pero sí profundamente humano, y quizá ahí radique su mayor virtud. Stranger Things se despide como empezó: mirando al pasado para hablar del presente, y recordándonos que, en el fondo, las mejores historias no necesitan abarcarlo todo para dejar huella.















