Bruce Lee dejó una idea menos citada que su famoso “Be water”, pero igual de afilada: “Los errores siempre son perdonables, si uno tiene el coraje de admitirlos.” La frase aparece atribuida a sus textos póstumos recopilados en Striking Thoughts (editado por John Little) y ha ido ganando vida propia en un mundo donde equivocarse se penaliza más que aprender.
Leída hoy, suena menos a autoayuda y más a diagnóstico: el problema no es fallar, sino el teatro alrededor del fallo. Lee la plantea como un acto de valentía —admitir— porque sabe que el ego tiende a protegerse: justificamos, escondemos, culpamos al entorno. En su filosofía marcial, esa defensa es carísima: si no nombras el error, no lo corriges; y si no lo corriges, lo repites.
El cerebro detecta el fallo antes que tú
La ciencia contemporánea, desde otro lenguaje, describe algo parecido. El cerebro tiene sistemas de “monitorización del error” que detectan en milésimas de segundo cuándo algo salió mal (la famosa error-related negativity, vinculada a circuitos como el corteza cingulada anterior). Ese registro temprano es una señal útil para ajustar conducta y aprender… pero puede volverse disfuncional si se transforma en rumiación ansiosa o autocastigo constante.
La diferencia entre usar el error como brújula o como látigo también aparece en la literatura sobre autocompasión: tratarse con cierta amabilidad cuando uno falla no equivale a “pasar la mano”, sino a crear un estado mental en el que es más fácil reconocer lo ocurrido, responsabilizarse y cambiar. No es casual que la investigación haya medido este rasgo de forma estable y lo haya vinculado con bienestar psicológico sin depender de la fragilidad del “orgullo” o la necesidad de quedar siempre por encima.
Cuando admitir un error depende del entorno
En el trabajo, la idea se vuelve casi política: admitir errores requiere contexto. La evidencia sobre seguridad psicológica en equipos sugiere que cuando el entorno castiga la transparencia, las personas ocultan fallos (y el sistema aprende menos); cuando el entorno permite hablar con franqueza, aflora más información y se corrige antes. Es decir: no es que “se equivoquen más”, sino que se atreven a contarlo.















