La conversación sobre Groenlandia suele arrancar con la palabra “comprar”, como si la isla fuera un activo inmobiliario gigante en mitad del hielo. Pero el punto más incómodo —y el que mejor explica por qué el tema vuelve una y otra vez— es que Washington lleva décadas operando allí con un margen extraordinario sin necesidad de soberanía: un marco legal heredado de la Guerra Fría que convierte muchas bravatas en ruido político más que en un plan imprescindible.
Ese andamiaje se consolida en el Acuerdo de Defensa de 1951 entre Estados Unidos y el Reino de Dinamarca, firmado bajo el paraguas del Atlántico Norte. El texto permite a EE. UU. establecer “áreas de defensa” y construir, operar y mantener instalaciones en Groenlandia, además de mover personal y material para esas tareas; no es un cheque en blanco ilimitado, pero sí una puerta enorme para todo lo que se justifique como defensa.
Aunque el presidente actual de Estados Unisod sigue en sus trece: “De una forma u otra vamos a quedarnos con Groenlandia. Si no tomamos Groenlandia, lo harán Rusia o China”, ha dicho Trump este domingo por la noche en el Air Force One, de regreso de Florida a Washington DC.
La presencia que ya está dentro del tratado
La prueba más visible de esa presencia no es un titular, sino un lugar: Pituffik Space Base (la antigua Thule Air Base), operativa desde los años cincuenta y hoy integrada en la arquitectura de alerta y vigilancia del Ártico. Su función —misiles, defensa, sensores espaciales— explica por qué Groenlandia aparece en el mapa mental de cualquier estratega: por el Polo Norte pasan rutas y trayectorias que recortan distancias, y eso vuelve valioso cada radar y cada pista de aterrizaje en la zona.
Con el tiempo, el acuerdo no se quedó congelado. En 2004, Estados Unidos firmó en Igaliku un texto que enmendaba y complementaba el marco del 51, incorporando formalmente a Groenlandia y fijando que Washington “consultará e informará” antes de cambios significativos en la base y sus operaciones. El matiz importa: consulta no equivale a veto, y varias lecturas subrayan que el instrumento funciona más como cinturón diplomático que como freno duro.
La letra pequeña que decide el margen real
Por eso, cuando la Casa Blanca deja caer escenarios de presión o cuando Trump insiste en la “propiedad”, la pregunta práctica no es si EE. UU. puede plantar bandera mañana, sino qué necesita realmente para ampliar músculo en el Ártico: y en gran medida ya dispone de un carril legal para hacerlo. Otra cosa es la política: Reuters ha contado que en Washington se han barajado fórmulas para inclinar a los groenlandeses (incluidos posibles incentivos económicos), mientras desde Europa se multiplican las advertencias contra cualquier salto de línea.















