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Watchmen 1x03: Basura espacial, amor y otros males - Análisis y resumen

Damon Lindelof nos sigue sumergiendo en este mundo de enmascarados vigilantes, donde los nuevos rostros se entremezclan con las caras de viejos conocidos por los lectores.
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¿A quién no le gustaría descolgar un teléfono, y hablar con esa persona que hace años que no ve? ¿Contarle chistes, aunque sea? ¿Esperar a que algún día te responda siquiera con un mensaje? Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos atravesado por una situación similar: querer meternos en nuestra cabina de teléfono particular. Hablar. Simplemente, hablar con esa persona que en un momento te hizo feliz, de un modo u otro. Eso es lo que ha estado haciendo Laurie Blake (Jean Smart) todos estos años: hablar, contar chistes, trabajar como agente del FBI especializada en anti-vigilantes. Pero nuestra Laurie no ha estado hablando con cualquiera, no: ha estado hablando con Dios. O con lo más parecido a Dios que existe en este mundo alternativo: Dr. Manhattan.

Hay tres vigilantes a las puertas del cielo esperando a recibir la sentencia de Dios

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Que no os engañe: la edad no la ha hecho ser más recelosa con los vigilantes. Nunca le gustaron. Si alguna vez lo fue, sólo se debió a que su madre, Sally Júpiter / Espectro de Seda I, la obligó a ello. Pero Laurie sabe cuál es la verdad que se esconde detrás de una máscara: esa libertad que te concede el anonimato y que te permite realizar actos más que cuestionables aunque sea en nombre del Bien para acabar con el Mal. Sin embargo, Blake sabe que no existe ni el Bien, ni el Mal. "Hay tres vigilantes a las puertas del cielo esperando a recibir la sentencia de Dios", es lo que a grandes rasgos relata Laurie en una conversación con Dr. Manhattan, y que irá contando a lo largo del tercer episodio de Watchmen para HBO, She Was Killed by Space Junk.

Este tercer episodio es, más que nunca, una mirada a la novela gráfica de Alan Moore y Dave Gibbons: porque no sólo nos ha traído a Laurie de vuelta; también se confirma, por fin, cuál es la identidad del Hombre Rubio. Si queréis averiguarla, tendréis que esquivar algo de basura espacial por el camino. ¿Preparados?

Vigilantes, crímenes y chistes

Laurie Blake es experta a la hora de arrestar vigilantes enmascarados en la ciudad de Nueva York. "No es un héroe, es una jodida broma", sostiene Laurie cuando un viandante la acusa de estar arrestando a un vigilante. Es tenaz, es impenetrable esta mujer, así que el senador Joseph Keene (James Wolk) no duda en llamar, literalmente, a su puerta para pedirle que investigue el asesinato del jefe de policía de Tulsa, Judd Crawford. Nuestra Laurie disfruta de una vida tranquila: por la mañana arresta vigilantes como Mr. Shadow, y por la noche se dispone a darle de comer a su búho Who y a disfrutar del contenido de cierto maletín misterioso. Sin embargo, todos sus planes de relajación y gozo se van por el retrete: Keene quiere que viaje hasta este lugar recóndito de Oklahoma para seguir la pista de un posible vigilante que se ha encargado de asesinar a un jefe de policía. Keene descarta que la Séptima Caballería – nuestros queridos Rorschach extremistas – hayan sido los responsables del crimen, así que es el turno de Blake de disponerse a arrestar al supuesto responsable enmascarado.

Durante esta conversación, por si quedaban dudas y para ayudar a los espectadores a situar al personaje de Laurie Blake, Damon Lindelof y el director Stephen Williams nos dejan un precioso plano que hace que a los más nostálgicos nos tiemble el pulso: un póster al más puro estilo pop art decora el salón de Laurie; en la imagen aparecen tres vigilantes. Tres vigilantes que son Búho Nocturno, Ozymandias y Dr. Manhattan. Pero queda un cuarto recuadro, una cuarta imagen que cubre la propia Laurie Blake: porque ella fue la cuarta, Espectro de Seda II, hija del Comediante y de Sally Júpiter. No quedan dudas ya: Laurie está de regreso y dispuesta a patear culos de enmascarados. Y no podemos más que rendirnos a los pies de Jean Smart por su gracia, soltura, y esa cara de ser una mujer que no está dispuesta a permitir que ningún imbécil con antifaz le toque las narices. Ídola.

"No es un héroe, es una jodida broma"

La cuestión es que Laurie no viaja sola a Tulsa: la acompaña el joven agente Dale Petey (Dustin Ingram) quien, para colmo de males, parece que es un entusiasta de los vigilantes. Incluso lleva consigo a todas partes una copia de El Diario de Rorschach, el manual que la Séptima Caballería sigue como si fuera la misma Biblia. Precisamente por el conocimiento que parece destilar Petey sobre la materia, Laurie le elige de entre todo el FBI para que la acompañe a Tulsa. "¿Qué quieres que te firme?", le llega a preguntar una hastiada Laurie que no parece muy contenta con el recuerdo de su pasado como vigilante. "¿Quién quiere una identidad secreta, verdad, Blake?", cuestionaba en cierto momento el jefe del FBI a Laurie, después de explicar cómo los policías en Tulsa ocultan sus rostros con máscaras amarillas. No, Laurie no quiere ya una identidad secreta y, de hecho, ni siquiera usa el apellido de su madre, Juspeczyk, sino el de su padre: Blake.

"¿Quién quiere una identidad secreta, verdad, Blake?"

Durante el viaje de avión de Nueva York, Laurie responde con evasivas a Petey: sí, conocía a Adrian Veidt / Ozymandias, joven Petey, pero no te va a contar lo que sabe. No te va a contar que Adrian Veidt fue el responsable de matar a 3 millones de personas durante el D.I.E., lanzando un calamar alienígena en el corazón de Nueva York, para frenar una inminente guerra nuclear. No te va a contar nada de eso, Petey porque aunque odie admitirlo, la paz del mundo pende de un hilo si Laurie Blake abre la boca. A pesar de que el periódico New Frontiersman publicó el Diario de Rorschach, donde se acusaba a Adrian Veidt de ser el criminal que había sesgado la vida de millones de personas para salvar billones, en el recorte de periódico Veidt Declared Dead se puede leer que estas acusaciones se desestimaron al hacer alusión a los trastornos mentales del propio Rorschach. Así que este diálogo entre Laurie y Petey nos da a entender que nadie sabe que Ozymandias fue el responsable del D.I.E. Para el mundo, Ozymandias no es más que un recuerdo, no es más que un empresario del que nunca nadie más supo nada desde hace 7 años. Y es mejor que así siga siendo.

Laurie llega a las calles de Tulsa esgrimiendo ese rostro de desagrado constante ante cualquier ser humano que decida ocultar su rostro. Pero Laurie lo entiende. En el fondo, entiende que son personas con seres queridos y que no quieren poner en peligro su integridad a la hora de pelear contra el crimen. ¿Lo entiende? Sí. ¿Lo comparte? Bah, por supuesto que no. Por eso, cuando se encuentra con los policías Pirate Jenny y con Red Scare, su sarcasmo y su ironía parecen acentuarse todavía más si cabe. Pero Laurie no se va a detener a discutir con ellos: tiene otras cosas más importantes que hacer. Tiene que hablar con Looking Glass, y que éste agente enmascarado le cuente los detalles sobre la muerte de Judd Crawford.

"¿Puedes decir la diferencia entre un policía con máscara y un vigilante?"

Dentro de esa cabina con aspecto futurista que Laurie califica de "detector de racistas", mantiene la conversación pertinente con Looking Glass… no sin antes usar su máscara, sin ningún tipo de respeto, como si fuera un espejo para quitarse algo de entre de los dientes. No, Laurie. No te gustan los vigilantes y no hace falta que lo jures: te creemos. El detective Wade Tillman, también conocido como Looking Glass, no sólo comparte con ella los detalles de la autopsia de Crawford: también le confiesa que Angela Abar es Sister Night, la agente que igualmente se encuentra investigando el caso. Eso le da a Laurie el siguiente sitio al que acudir para seguir tirando del hilo y averiguar qué diantre está sucediendo en Tulsa: acudir nada más y nada menos que al funeral de Judd Crawford, donde podrá hablar con Angela.

"¿Puedes decir la diferencia entre un policía con máscara y un vigilante?", es la forma que tiene Laurie de dejarle las cosas claras a Angela: mira, Sister Night. Sé que sigues siendo policía, pero que actúas bajo otra identidad para protegerte a ti y a tu familia. Pero no me vengas con tonterías, que soy Laurie Blake. Esta agente del FBI conoce hasta el nombre de su marido, Cal, así que… así que Angela, de todas formas, le miente. Le dice a la cara a Laurie Blake que ya no es agente de policía. Y, encima, nuestra Sister Night cree que la jugada le va a salir bien. De este primer encuentro se destila una cosa: va a ser una maravilla tener a ambos personajes compartiendo pantalla durante los próximos episodios. Pero hay un funeral que celebrar, y no es ese el lugar para debatir discrepancias sobre actuaciones policiales. Así que la historia continúa con Angela Abar entonando la canción The Last Round-Up, que prometió a Crawford que cantaría en su funeral. Este tema pertenece a la película The Singing Hill, de 1941, y la cantan precisamente en el funeral de uno de los personajes.

Todo discurre con normalidad… hasta que empiezan a sonar las agujas del reloj. En Watchmen funciona así, y Ozymandias fue el único que lo comprendió: aunque tú bajes la guardia, las manecillas del reloj siguen adelante, el tiempo corre sin piedad y el mundo no se va a detener porque se esté celebrando un funeral. Más bien, todo lo contrario: uno de los miembros de la Séptima Caballería, que en el episodio estuvo preparando un chaleco bomba, se desliza por el subsuelo del cementerio de Tulsa. Su misión está clara: amenazar la vida del senador Keene por haber sido un factor clave en la protección de la policía, dado que él fue quien aprobó la D.O.P.A (Defense of Police Act) que los agentes de Tulsa puedan ocultar sus rostros. Pero este Rorschach no contaba con que allí presente estaba Laurie Blake: lejos de haber entregado todas sus armas a la policía antes de acceder al funeral, Blake desenfunda una pistola más pequeña y dispara contra el terrorista. La bomba, en cualquier caso, estaba conectada al corazón del radical: así que toca correr. Es en ese momento cuando Angela hace gala de sus todavía dotes de actuación policial, y no duda en colocar al tipo dentro de la fosa que estaba destinada para Judd… Lo que hace que Laurie Blake y ella compartan después una pasivo-agresiva conversación: porque Laurie sabe que Angela está ocultando algo. Angela, por su parte, tampoco duda a la hora de tirar encima el ataúd del propio Judd. Todo sea por paliar el impacto de la bomba. El último sacrificio de Judd, podríamos decir.

Judd, Keene, y el Klan

Aquí hemos de hacer un inciso, porque es necesario agregar algunos datos extras. HBO está compartiendo material adicional en una página llamada Peteypedia (sí, por el agente Petey que acompaña a Laurie) y hay una carta que es digna de mencionar antes de seguir avanzando en este tercer episodio.

El archivo en cuestión se llama Four Letters Evidence, y es una carta escrita por J. David Keene, senador que en el 77 impulsó la famosa Keene Act que declaró como ilegales a los vigilantes. La carta está dirigida al sheriff Crawdford y data del año 1955. En el texto, se habla sobre el cuadro Proezas de la caballería comanche, que dio nombre al episodio anterior y que representaba a esos jinetes combatiendo entre sí. La cuestión aquí reside en que Keene firma la carta con el acrónimo AKIA, que significa A Klansman I Am. Se trata de una manera de saludo en clave de código entre los miembros del Ku Klux Klan. ¿Recordáis que Sister Night encontró en el armario de Judd la túnica del KKK? ¿Recordáis que Judd tiene colgado en su salón el cuadro de Proezas de la caballería comanche? Bueno, pues teniendo en cuenta que Joseph Keene (nieto del Keene que firma la carta) se llevaba bastante bien con Judd… esto da a pensar que ambos personajes, realmente, están metidos en el KKK en la actualidad. Laurie sabe que huele a podrido en Tulsa, pero parece que Angela se niega a ver la realidad... a menos que las cosas no sean lo que parecen ni siquiera en estos términos.

Adrian Alexander Veidt, también conocido como Ozymandias. También conocido como el Señor de la Mansión. También conocido como el Hombre Rubio

Es el momento de volver a nuestra mansión particular; la otra línea narrativa que Damon Lindelof está desenrollando poco a poco y de la que, cada vez más, vamos descubriendo nuevas facetas. El Hombre Rubio parece estar muy atareado, y no escribiendo precisamente otra obra de teatro: está trabajando en lo que parece ser un traje que, a todas luces, le tiene que servir para alcanzar elevadas alturas. El conejillo de indias vuelve a ser, una vez más, Mr. Philips. O, mejor dicho, un clon del mayordomo. Sin embargo, el futuro de este clon no será especialmente brillante: muere después de que el traje haya alcanzado, suponemos, una altura demasiado grande que ha acabado por congelarlo. Esto enfada al Hombre Rubio. No. Lo saca de quicio. En su rostro se refleja el hastío, el cansancio. Necesita seguir mejorando ese traje. Lo necesita porque, empezamos a maquinar, quiere escapar del lugar en el que está. Así que se dispone a ir en busca de uno de esos extraños búfalos que pastan a sus anchas en los dominios de esa isla, una estampa tan llamativa como lo pudo ser el mítico oso polar en Lost. Arco en mano, el Hombre Rubio se dispone a hacerse con la piel de esos animales, que está utilizando para confeccionar el traje. Dispara. La flecha es certera y acaba con el animal. Pero hay un problema: alguien ha disparado a sus pies. Alguien le está poniendo límites al Hombre Rubio, que nos parecía ser capaz de todo y más.



El sujeto que se interpone en su camino es alguien denominado en la versión original como Game Ward. La traducción de ese conjunto es "guardabosques", pero conociendo a Damon Lindelof, me juego una mano a que ese personaje no es el guardabosques que tenemos en mente. Más bien, apuesto a que Lindelof está usando una interpretación más literal: por lo que este personaje sería el Guardián del Juego. ¿Está alguien jugando con el Hombre Rubio? ¿Poniendo a prueba sus capacidades e inteligencia? Eso parece, a todas luces. Enfadado por no ser capaz de conseguir sus objetivos tal y como desea, encontramos a un Hombre Rubio que ni siquiera es capaz de aguantar esta vez la dichosa canción de cumpleaños que le cantan sus sirvientes: la tarta, que ahora muestra 3 velas, acaba estampada contra el suelo. No bastando con eso, mientras se encuentra en medio de una sesión de meditación, el Señor de la Mansión recibe una carta: es el Guardián del Juego, que acusa a nuestro excéntrico personaje de haberse excedido y de haber incumplido con una serie de normas establecidas… cuando se produjo su cautiverio. Así que, en efecto, el Hombre Rubio no está en esa mansión, en ese castillo, porque quiere: está ahí porque alguien o algo lo ha puesto allí. "Le pido disculpas, señor, pero la primera vez que llegó aquí, acordamos los términos de su cautiverio. Su reciente comportamiento pareciera una intención de violar dichos términos", expresa el rival del Hombre Rubio, el Guardián del Juego.

Alguien le está poniendo límites al Hombre Rubio, y ese es el Guardián del Juego

La cosa no acaba ahí: porque nuestro Hombre Rubio por supuesto que va a responder a las acusaciones del Guardián del Juego. "Ms. Crookshanks, a la máquina de escribir", empieza diciendo el Hombre Rubio su misiva. "Honorable Guardián del Juego, le pido disculpas pero parece que me considera sospechoso de ciertas actividades criminales, como si fuera un ruin bandolero del bosque. O, peor aún… alguna clase de villano de un serial. No lo soy tampoco, señor. Y le aseguro que mis actividades son de naturaleza puramente recreativa". Y esta carta en respuesta, Ms. Crookshanks teclea con tanta diligencia, está firmada por nada más y nada menos que por él: por Adrian Veidt, también conocido como Ozymandias, también conocido como el responsable de matar a tres millones de personas en 1985.

Después de todos los rumores y pensamientos giraban en torno a él, se descubre que el personaje que encarna Jeremy Irons es, finalmente, Ozymandias. Incluso podemos verle después luciendo el traje que se corresponde con el diseño original de Dave Gibbons. Esta revelación abre nuevos e interesantes caminos para la historia. La pregunta que aquí toca hacerse, y que ya ha suscitado muchas teorías e hipótesis, es: ¿Intenta escapar Adrian Veidt de esa isla donde parece estar localizado su castillo, un castillo muy parecido al que Dr. Manhattan construyó en la superficie de Marte? Es más: ¿Está Adrian Veidt en Marte? ¿Lo ha recluido ahí Dr. Manhattan para que no vuelva a repetirse el atroz crimen de 1985? Lo que está claro es que Ozymandias no va a quedarse quieto: han pasado 3 años desde su cautiverio, y todo parece indicar que, en cada episodio, seremos testigos de cómo transcurre un año más. Adrian Veidt ha sido declarado oficialmente muerto después de estar 7 años desaparecido: es posible que los espectadores sepamos ahora qué ha pasado durante esos 7 años donde, en realidad, Veidt estaba soplando las velas de una tarta de aniversario en un castillo que parece de cuento de hadas.

Ozymandias vuelve a colocarse su disfraz para salir de cacería a la medianoche

Mr. Philips, Ms. Crookshanks e incluso el Guardián del Juego (que parece ser otro Mr. Philips pero con bigote y enmascarado), serían una especie de "personajes" tipo los NPC de un videojuego, que Ozymandias tiene a su disposición por cortesía de quien sea que le haya puesto ahí. Queda por descubrir, entonces, a qué se debe su cautiverio: lo que está claro es que alguien como Adrian Veidt, si pudiera irse, ya se habría ido de ese encierro. Pero no puede… hasta que descubra la forma. Hasta que dé con la clave, hasta que encuentre una solución. Es un rompecabezas a los pies del hombre más listo del mundo.

Pero, mientras tanto, Ozymandias vuelve a colocarse su disfraz para salir de cacería a la medianoche.

El chiste de Laurie: su filosofía y Dr. Manhattan

A lo largo de este tercer episodio, descubrimos un emotivo hecho: Laurie ha estado durante 30 años recordando a Jon Osterman. El contenido del maletín de Laurie, que podemos ver al principio del episodio, no era más que una especie de... ¿dildo? que imita los genitales de Jon Osterman. Pero eso no es suficiente. Algunas veces, nuestra Laurie intenta una vez más ponerse en contacto con él. Para ello, emplea una especie de cabina telefónica diseñada por la compañía Trieu para que los seres humanos puedan estar más cerca de Dios. Es decir, hacerle una llamada a Dr. Manhattan: las personas pueden grabar un mensaje por tiempo limitado, y ese mensaje después se envía a Marte, donde está nuestro azulado amigo. Laurie aprovecha esos momentos para contarle bromas, chistes, historietas divertidas pero con un poderoso significado. Hoy vamos a analizar brevemente ese chiste que Laurie ha estado contando en este episodio.

Todos los héroes merecen ir al infierno. Esa es la conclusión que saca Laurie después de imaginar cómo sería la situación de Dan Dreiberg / Búho Nocturno II, Adrian Veidt / Ozymandias y Dr. Manhattan a ojos de Dios. Tanto si han sido bondadosos, como verdaderos monstruos en el caso de Ozymandias, merecen ir al infierno a juicio de Laurie. Dr. Manhattan, a su parecer, ya es consciente de que habita en el mismo infierno... y el simbolismo recae en la propia Laurie, la encargada de acabar con Dios arrojándole el ladrillo que menciona en otro chiste en este episodio. El cinismo de Laurie, su forma de apreciar el mundo... contrasta después con la emotiva despedida de su "charla" telefónica con Jon Osterman. "Algunas veces está bien fingir", dice Laurie. "Los capullos aquí abajo todavía creen que te importa todo una mierda".

Todos los héroes merecen ir al infierno

Esa frase es especialmente curiosa: al final de Watchmen, Jon Osterman se despide de Ozymandias afirmando que va a abandonar este mundo por otro menos complicado. A lo largo de las páginas de la novela gráfica, se destila cómo Jon Osterman no es más que un recuerdo; todo atisbo de humanidad ha quedado eclipsado por el fulgor azulado de Dr. Manhattan. Pero Laurie todavía cree en la parte humana de Dr. Manhattan y es por eso que, al final del episodio, cuando ese coche cae del cielo y ocurre ese extraño fenómeno en el cielo, la que fuera Espectro de Seda II rompe a reír. A carcajadas. Porque, como diría su padre: todo esto es una broma.

Más Watchmen que nunca

Lo cierto es que este tercer episodio ha servido para que los fans de la novela gráfica podamos degustar en nuestro paladar el sabor de las páginas que confeccionaron Moore y Gibbons. Hemos tenido de vuelta a Laurie, un personaje que regresa con fuerza y encarnada en Jean Smart; una Jean Smart que no ha decepcionado y que ha sabido sacar a la luz ese cinismo y sarcasmo que Laurie lleva en sus venas. Después de todo, es hija del Comediante, y ese humor sanguinario y retorcido del mítico vigilante tenía que salir a la luz en su hija.

Una Jean Smart que no ha decepcionado y que ha sabido sacar a la luz ese cinismo y sarcasmo que Laurie lleva en sus venas

Digno de mención es también ese Ozymandias que, pese a los años que tiene sobre sus hombros, no duda en ponerse su traje de vigilante para impartir justicia... según su criterio. Parece que, después de todos estos años, Adrian Veidt estaba deseando volver a colocarse su antifaz, su túnica y su capa. La fuerza de la imagen queda grabada en nuestra retina, al tiempo que los que conocemos al personaje no podemos evitar preguntarnos: ¿Qué es lo que va a hacer? Y temblar de miedo.

Damon Lindelof y el director de este tercer episodio, Stephen Williams, han sabido cómo seguir colocando los ladrillos para construir esta historia. Una historia que es cada vez más enrevesada, pero más atractiva. Una historia narrada en unos episodios que se hacen cortos, que nos dejan con el gusto de poder querer más. Lo bueno, si breve, dos veces bueno: pero esperamos que Lindelof sepa salir airoso del jardín en el que nos está metiendo a golpe de escena, a golpe de diálogo.

Cristina M. Pérez
Colaboradora
hbo
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