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China pulveriza el techo de la fusión nuclear con un masivo Sol artificial: opera un 165% por encima del límite teórico

EAST sugiere que ese muro era menos invisible de lo que parecía: no se derriba a martillazos, se rodea afinando la relación entre el plasma y su propia jaula.
China pulveriza el techo de la fusión nuclear con un masivo Sol artificial: opera un 165% por encima del límite teórico
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Actualizado: 16:00 11/1/2026
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Durante más de tres décadas, muchos tokamak han vivido con una cifra clavada como un aviso luminoso: el límite de Greenwald, esa frontera práctica que te dice cuánta densidad de plasma puedes “meter” antes de que el sistema se vuelva impredecible. Ahora, el tokamak EAST de China —el famoso “sol artificial”— ha demostrado que puede operar de forma estable por encima de ese techo, moviéndose en una horquilla de 1,3 a 1,65 veces el límite que durante años se trató casi como ley.

El límite no nació como una prohibición teórica, sino como una regla empírica muy útil: cuando la densidad sube demasiado, el borde del plasma puede enfriarse por radiación, la corriente tiende a concentrarse y aparece el escenario que todo operador teme: disrupción (una parada brusca capaz de castigar la máquina). En el día a día, esa frontera condiciona el diseño y, sobre todo, el margen de seguridad: acercarte te da rendimiento; pasarte, te puede costar caro.

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Cómo EAST cambia las reglas del borde

Lo interesante del salto de EAST, tal y como explican en Xataka, es que no se presenta como “más potencia y ya”, sino como mejor control de la interacción entre el plasma y las paredes. En este planteamiento pesan dos piezas: un entorno con tungsteno (más resistente al calor y, sobre todo, menos “contaminante” si el borde se mantiene en condiciones adecuadas) y el uso de microondas (calentamiento por ECRH) para preparar y sostener el plasma sin empujarlo al caos. Con un borde más “frío” en la zona del divertor, se arrancan menos impurezas de la pared, el plasma se mantiene más limpio y la estabilidad aguanta donde antes se rompía.

De fondo hay una idea potente: que, bajo ciertas condiciones, el propio sistema entra en un “régimen sin límite de densidad” en el que el plasma se organiza para no rozar tanto la pared y evitar el círculo vicioso de impurezas → más radiación → más enfriamiento → disrupción. Dicho de forma sencilla: en vez de jugar a centímetros del precipicio, cambias la geometría del riesgo y consigues que el borde deje de ser el punto débil que te frena.

Qué implica para ITER y la hoja de ruta

¿Por qué importa tanto? Porque, en fusión, más densidad suele significar muchas más reacciones: elevarla sin perder control abre la puerta a exprimir mejor máquinas existentes y a replantear el tamaño necesario de las futuras. Y llega en un momento especialmente sensible para la hoja de ruta global: ITER, por ejemplo, arrastra revisiones de calendario y ya habla de operación científica en 2034 y de deuterio-tritio más adelante, de modo que cualquier avance que amplíe la “ventana operativa” de los tokamak se mira con lupa.

Eso no significa que la fusión esté “lista” ni mucho menos: superar una barrera de densidad no resuelve por arte de magia el resto del puzle (temperatura, confinamiento, evacuación de calor, materiales, combustible y, sobre todo, convertirlo en electricidad de forma continuada). Pero sí recorta una de las excusas clásicas que frenaban el rendimiento: que, al subir densidad, el plasma te iba a expulsar.

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