Ella Purnell (29) venía de ponerle cara —y nervio— a la Lucy de Fallout, pero su otro gran “imán” televisivo es bastante menos confortable: Yellowjackets, una pesadilla de supervivencia con aroma a terror y a tabú, que en España se mueve con fuerza dentro del catálogo de Movistar Plus+. La serie convierte una premisa casi de aventura juvenil en otra cosa mucho más turbia: el bosque como laboratorio moral y la adolescencia como gasolina.
La historia arranca con un equipo de fútbol femenino que sobrevive a un accidente de avión y queda aislado en mitad de la nada. A partir de ahí, Yellowjackets juega con dos tiempos: lo que ocurrió durante aquellos meses de hambre, frío y jerarquías improvisadas, y el presente, cuando las supervivientes adultas intentan sostener vidas “normales” mientras los secretos amenazan con salir a la luz. Ese salto temporal —y el contraste entre lo que recuerdan y lo que callan— es parte del veneno.
Jackie como termómetro del grupo
En ese engranaje, Purnell encarna a Jackie Taylor, la figura carismática que, antes del golpe, parecía diseñada para mandar… y que después descubre que el liderazgo no sirve de mucho cuando la civilización se queda fuera del plano. Su Jackie funciona como termómetro social: mide cómo el grupo pasa de las dinámicas de instituto a un ecosistema donde la amistad puede ser refugio o sentencia, según sople el miedo.
La serie no se apoya solo en el morbo: también se sostiene en un reparto que sabe cargar de intención cada silencio, con Melanie Lynskey, Christina Ricci, Juliette Lewis o Tawny Cypress al frente, y con fichajes puntuales como Elijah Wood que empujan la trama hacia terrenos todavía más extraños. Movistar Plus+ ha subrayado su impacto en premios —con nominaciones a los Emmy y reconocimiento en los Critics Choice—, una señal de que aquí el “horror” va de la mano del drama bien interpretado.
Trauma, memoria y tabú
Si Yellowjackets engancha es porque entiende algo muy real: después de un trauma, la memoria rara vez es un archivo ordenado. En psicología clínica, teorías como la “doble representación” en PTSD explican por qué ciertos recuerdos irrumpen como imágenes y sensaciones difíciles de narrar, algo que la serie traduce en escenas que parecen sueños, ritual o flashback, según el punto de vista. Y en población joven expuesta a desastres, los síntomas de estrés postraumático pueden dispararse en los primeros meses y dejar huella a largo plazo, un contexto que hace más verosímil el “después” que muestra la ficción.
También hay ciencia social detrás del “quién hace qué” cuando todo se rompe: investigaciones sobre identidad compartida en emergencias describen cómo un grupo puede cooperar más de lo que dictan los clichés del “sálvese quien pueda”… hasta que la presión lo tuerce. Y cuando la serie roza el canibalismo, toca otro interruptor psicológico: el asco como alarma moral, especialmente intenso ante violaciones de tabú vinculadas al cuerpo humano.















