Existen pocas películas como El Señor de los Anillos. La trilogía de Peter Jackson marcó un antes y un después en el panorama cinematográfico, convirtiéndose en un auténtico milagro del celuloide. Todo lo relacionado con su construcción y rodaje es digno de estudio, con anécdotas delante y detrás de las cámaras.
Mirando al pasado, en el otoño de 1999, la producción de El Señor de los Anillos en Nueva Zelanda no era simplemente un rodaje más. Era la gran jugada de New Line Cinema, una apuesta de trescientos millones de dólares que amenazaba con desmoronarse tras la salida prematura del actor originalmente contratado para encarnar a Aragorn en un error de casting que incluso el propio Jackson reconoció. En ese umbral de lo desconocido, la normalidad doméstica de Viggo Mortensen, fue interrumpida por un estallido de urgencia cinematográfica. Tenía la oportunidad de su vida.
Como el propio Viggo recordaría años después, la propuesta carecía de preámbulos diplomáticos, ni de ceremonia de ningún tipo. En una de las entrevistas habituales de los DVD y de las ediciones domésticas de El Señor de los Anillos, el actor lo recordaba así. "Recibí una llamada de teléfono en casa... quieren que te subas a un avión mañana, vas a ir a Nueva Zelanda, y dije ¿para qué? Y luego dijeron, ya sabes, El Señor de los Anillos", comentaba.
Aquella oferta, exigía que se lanzara al otro lado del mundo en menos de veinticuatro horas y se involucrara en una producción que necesitaba a uno de sus grandes protagonistas y que, además, ya había comenzado el rodaje. Ante tal precipicio, surgió la duda razonable del artista frente a un compromiso que amenazaba con devorar su identidad por los próximos años. Era una decisión que había que tomar cuanto antes.
Ante la inmensidad del abismo, Mortensen solo alcanzó a pedir un breve respiro. "Bueno, ¿puedo pensarlo un minuto?", preguntó el actor a su interlocutor. Recibió una respuesta bastante fría, casi un ultimátum que no admitía matices de ningún tipo. "Bueno, no mucho tiempo, ya sabes, tienes que decidir esta tarde", le recordaron. En la comodidad del hogar, fue donde la duda del padre se encontró con la claridad mitológica del hijo.
Henry Mortensen, quien por entonces "tenía unos 11 o 12 años", se convirtió en el puente necesario entre el escepticismo del actor y la magnitud de la leyenda. Mientras Viggo procesaba la oferta con la cautela del profesional, Henry, un devoto de la obra de Tolkien, comprendió de inmediato que su padre estaba ante la llamada del destino. "Él conocía la historia, ya sabes, yo no. Cuando se enteró, estaba absolutamente fuera de sí", recuerda. "Fue agradable tener su bendición, ya sabes a qué me refiero", concluía el intérprete que encargó al montaraz.
Esa tarde de conversaciones apresuradas y maletas preparadas a contrarreloj no solo salvó una producción en riesgo, sino que cambió para siempre la historia del cine fantástico. La interpretación de Aragorn, cargada de una nobleza melancólica y una autenticidad, no nació en una oficina de Los Ángeles ni en un set de Nueva Zelanda; se gestó en la complicidad íntima entre un padre y un hijo. Viggo Mortensen daría vida a un personaje que acabaría permaneciendo en el imaginario colectivo, mostrándose reticente a participar en otros proyectos similares y apostando por seguir defendiendo estas cintas como una parte indispensable de su carrera. Ahora, con Warner confirmando un nuevo actor para el personaje en La caza de Gollum, su papel cobra un nuevo significado.
