En la costa de la península de Cap Bon, en Túnez, a veces la historia no aparece por una excavación, sino por un golpe de mar. A finales de enero, el ciclón Harry —un “medicane”, esos ciclones mediterráneos raros pero capaces de levantar oleajes serios— dejó tras de sí inundaciones y daños, pero también un efecto colateral muy de arqueología accidental: en algunos tramos, la arena se retiró lo suficiente como para que asomaran piedras trabajadas y fragmentos que podrían ser antiguos.
La especulación se entiende porque el lugar tiene nombre y antecedentes: la antigua Neápolis, asociada a la moderna Nabeul, lleva años siendo una de esas “ciudades perdidas” que no están perdidas del todo, solo escondidas bajo el agua. En 2017, una misión tunecino-italiana documentó estructuras sumergidas —calles, elementos monumentales— y, sobre todo, alrededor de un centenar de cubetas vinculadas a la producción de garum, la salsa de pescado que fue negocio de primera en el mundo romano.
Entre la anécdota viral y la documentación arqueológica
Lo que habría hecho Harry, según los relatos que circulan estos días, no es “sacar a flote” la ciudad como en una película, sino algo más prosaico y más útil: mover sedimentos. Un temporal fuerte puede actuar como una pala gigantesca al revés: erosiona una zona, deposita en otra, y en ese intercambio deja al descubierto bloques o alineaciones durante horas, días o semanas… hasta que la playa vuelve a “tragar” lo que mostró. Por eso, de momento, la palabra clave es prudencia: sin documentación arqueológica (posición, contexto, materiales), un muro puede ser romano, medieval o mucho más reciente.
El interés se dispara también por el relato histórico que acompaña a Neápolis: la idea de que parte de la ciudad terminó bajo el mar tras un gran episodio de alta energía en época tardorromana. La candidata más citada es la crisis del año 365 d. C., cuando un gran terremoto en Creta generó un tsunami que afectó a amplias zonas del Mediterráneo; hay investigación moderna que sigue encontrando huellas sedimentarias de aquel evento y de otros tsunamis en el norte de África. Que Neápolis quedara dañada o parcialmente sumergida encaja con ese marco, aunque —otra vez— cada yacimiento tiene su letra pequeña.
Un hallazgo que también puede borrarse
La paradoja es que el mismo oleaje que “regala” hallazgos también los destruye. En arqueología costera, un temporal puede romper estratigrafías, desplazar piezas y descontextualizarlo todo: lo que gana el ojo del paseante (una columna, una hilada de sillares), lo pierde el investigador si no llega a tiempo a registrar. Esa tensión —descubrimiento rápido, degradación aún más rápida— es justo lo que preocupa a la comunidad patrimonial cuando se habla de erosión, temporales y subida del nivel del mar.















