Altea, un encantador rincón de España, a menudo pasa desapercibido para los grandes circuitos turísticos internacionales. Pero es algo más. Basta con una simple imagen de su pintoresco casco antiguo, encaramado sobre una colina, con casas blancas y el azul vibrante del Mediterráneo al fondo, para comprender por qué muchos lo comparan con destinos tan icónicos como Santorini. No es de extrañar que se la conozca como la “cúpula del Mediterráneo”.
Situada en la comarca de la Marina Baixa, en la provincia de Alicante, Altea se ha consolidado como uno de los pueblos más atractivos de la Costa Blanca. Su combinación de clima suave durante todo el año, patrimonio histórico y estética mediterránea la convierte en un destino atractivo tanto en verano como en temporada baja, cuando la luz más suave realza aún más su ambiente tranquilo. Este encantador pueblo ofrece una experiencia única, lejos del bullicio de los destinos turísticos más populares.
Con sus fachadas blancas junto al mar, cúpulas azules y un encanto innegable, este pueblo español es uno de los más bonitos del Mediterráneo, recordando a la mismísima Grecia
La historia de Altea se remonta a la prehistoria, cuando su colina, situada cerca de una fuente de agua, ya era un punto estratégico para asentamientos. Íberos, fenicios, griegos, cartagineses, romanos y musulmanes dejaron su huella en la villa, contribuyendo a su riqueza cultural actual. Tras la reconquista cristiana en 1244, Altea tuvo que ser reconstruida, dando paso a una etapa convulsa marcada por conflictos entre mudéjares y nuevos colonos, y cambios de control durante la Edad Media.
A lo largo de los siglos, Altea sufrió ataques de corsarios berberiscos, lo que llevó a la construcción de una muralla defensiva en 1597. A pesar de estos desafíos, el municipio floreció y se consolidó como un núcleo estable, especialmente a partir del siglo XX, cuando comenzó a atraer a numerosos artistas, escritores y creadores. Figuras como Vicente Blasco Ibáñez, Rafael Alberti y pintores como Genaro Lahuerta encontraron inspiración en Altea. En los años 70, la llegada de artistas internacionales reforzó su identidad bohemia y cultural.
El casco antiguo de Altea, con su laberinto de calles empedradas, fachadas encaladas y buganvillas trepando por las paredes, evoca la imagen de las islas griegas. Coronado por la iglesia de Nuestra Señora del Consuelo, cuyas cúpulas azules y blancas son el símbolo visual del municipio, este pintoresco barrio invita a ser explorado a pie, ya que su ubicación en una colina limita el acceso en vehículo. Este recorrido, lejos de ser un inconveniente, permite descubrir con calma sus rincones, miradores y pequeñas plazas.
La plaza de la Iglesia, corazón palpitante de Altea, se transforma en un vibrante escenario donde artesanos exhiben sus creaciones y se celebran eventos culturales. Desde este punto privilegiado, se pueden contemplar algunas de las vistas más impresionantes del litoral. A poca distancia se alza el templo principal, una joya de la arquitectura barroca con un interior ricamente ornamentado, que atrae a numerosos visitantes.
En las inmediaciones de este conjunto histórico, se conservan vestigios del antiguo sistema defensivo, como el Portal Nou y la torre de Bellaguarda, declarada Bien de Interés Cultural por su función como atalaya para vigilar las incursiones marítimas.
La oferta cultural de Altea se enriquece con espacios como la Fundación Schlotter, ubicada en una encantadora casa del siglo XVIII, y museos como el de Navarro Ramón, dedicado al pintor local, y el Casal Fester, que profundiza en las tradiciones de Moros y Cristianos.
Más allá del casco antiguo, el puerto pesquero ofrece una perspectiva más auténtica de la vida en el municipio. Su lonja, donde se realiza la venta diaria de pescado fresco, mantiene viva la tradición marinera de Altea, mientras que el paseo marítimo permite disfrutar de una perspectiva completamente distinta del pueblo, esta vez desde el nivel del mar.
Altea, un destino mediterráneo por excelencia, fusiona historia, arte, mar y gastronomía en una armonía única. Su cocina, centrada en pescados, mariscos, arroces y hortalizas locales, refuerza su identidad costera, convirtiéndolo en un referente destacado de la Costa Blanca.















