Medida con precisión casi quirúrgica mediante láseres enviados desde la Tierra hacia los reflectores dejados por las misiones Apolo, la Luna se aleja de nuestro planeta a un ritmo de 3,8 centímetros por año, una cifra verificada durante décadas por observatorios internacionales y publicada en estudios de la NASA y la Universidad de Hawai. Lejos de ser un efecto de pérdida gravitatoria, este fenómeno, conocido como recesión lunar, refleja la transferencia constante de energía y momento angular entre ambos cuerpos, un proceso que modifica imperceptiblemente la duración de nuestros días.
La Luna se desvanece lentamente: su huida inexorable alarma a los científicos ante el avance del Sol
El motor detrás de este alejamiento son las mareas, que deforman océanos y corteza terrestre bajo la atracción gravitatoria lunar. Estas deformaciones no se alinean perfectamente con el eje Tierra-Luna, generando un par que frena la rotación terrestre mientras impulsa al satélite hacia órbitas más altas.
Como explica George H. Darwin en su estudio clásico sobre mareas y rotación terrestre, esta interacción ha ido acumulando sus efectos durante miles de millones de años, alargando los días a un ritmo de 2,3 milisegundos por siglo. Una cifra insignificante en la experiencia diaria, pero monumental en escalas geológicas.
El registro fósil y las formaciones geológicas conservan pistas de un pasado sorprendente: hace unos 3,2 mil millones de años, un día solar duraba apenas 13 horas, mientras la Luna orbitaba mucho más cerca, acelerando la dinámica terrestre. Con el tiempo, la disipación de energía por las mareas disminuyó, permitiendo que la rotación se desacelerase hasta las 24 horas actuales, según modelos de mareas paleogeográficas publicados por Williams y Boggs (2016).
Sin embargo, la velocidad de alejamiento no ha sido constante. Cambios en la configuración de los continentes -con movimientos geológicos a escala masiva durante miles de años-, la profundidad cambiante de los océanos y la eficiencia de disipación en plataformas continentales provocaron fases de aceleración y desaceleración, mientras las resonancias oceánicas y variaciones atmosféricas añadían complejidad a la evolución de la duración del día en el Precámbrico. Es complicado asimilar este tipo de movimientos a gran escala.
Más recientemente, la redistribución de masas por glaciares y cambios climáticos continúa modulando la rotación terrestre, demostrando que mareas y clima actúan como un delicado reloj cósmico combinado. A pesar de su lentitud, la recesión lunar proyecta un futuro donde el Sol será el actor dominante.
En miles de millones de años, la estrella aumentará su tamaño al entrar en fase de gigante roja, envolviendo probablemente a Mercurio, Venus y quizás la Tierra antes de convertirse en enana blanca. Mientras tanto, la Luna seguirá siendo nuestra compañera, silenciosa, alejándose imperceptiblemente pero recordándonos que incluso los cuerpos celestes más familiares están sometidos a la implacable mecánica del universo.















