La Voyager 1 acaba de perder otro de sus instrumentos científicos, pero no porque la misión haya dejado de ser útil, sino precisamente para intentar que siga viva un poco más. La NASA ordenó el 17 de abril apagar el experimento Low-Energy Charged Particles (LECP), que llevaba casi 49 años midiendo iones, electrones y rayos cósmicos, en una maniobra de ahorro forzada por la caída progresiva de la energía disponible en la sonda más lejana que ha construido la humanidad.
El problema es estructural y no tiene solución sencilla: las dos Voyager dependen de un generador termoeléctrico de radioisótopos que pierde unos 4 vatios al año, una merma pequeña en apariencia, pero crítica cuando cada vatio cuenta. En el caso de Voyager 1, la situación se complicó todavía más después de una maniobra de orientación realizada el 27 de febrero, que provocó una bajada inesperada de potencia y obligó a los ingenieros del JPL a actuar antes de que el sistema de protección desconectara componentes esenciales por sí solo.
Menos energía para seguir enviando ciencia
Tras este nuevo apagado, a Voyager 1 le quedan solo dos instrumentos científicos activos, mientras que Voyager 2 mantiene tres. Aun así, ambos siguen siendo extraordinariamente valiosos porque continúan enviando datos desde el espacio interestelar, más allá de la heliopausa, la frontera donde el viento solar deja paso al medio interestelar. Ninguna otra misión está tomando medidas in situ en esa región, de modo que incluso con capacidades muy reducidas, las Voyager siguen siendo una fuente única para la física espacial.
Lo más llamativo es que la NASA no se limita a apagar piezas y esperar lo mejor. El equipo está preparando una maniobra de alto riesgo bautizada internamente como “Big Bang”, que consiste en sustituir de una sola vez varios dispositivos activos por alternativas de menor consumo para recuperar margen energético sin dejar la nave demasiado fría. El objetivo es mantener operativos los sistemas esenciales, conservar el calor suficiente para evitar problemas en las líneas de combustible y, si todo sale bien, incluso ganar energía como para reactivar más adelante el LECP.
La maniobra más delicada llegará primero en Voyager 2
La prueba se hará primero en Voyager 2, entre mayo y junio, porque dispone de algo más de energía y está ligeramente más cerca de la Tierra. Solo si esos ensayos funcionan, el JPL intentará aplicar la versión más delicada del procedimiento a Voyager 1, no antes de julio. Esa distancia añade otra capa de dificultad: una orden tarda unas 23 horas en llegar hasta la sonda, que se encuentra a unos 15.000 millones de millas, aproximadamente 25.000 millones de kilómetros, de la Tierra.















