El nuevo estallido de tensión en Oriente Medio ha vuelto a recordar hasta qué punto la geopolítica puede acabar reflejándose en algo tan cotidiano como llenar el depósito del coche. La escalada del conflicto ha impulsado el precio del petróleo en los mercados internacionales y, como suele ocurrir en estos casos, el impacto termina trasladándose de forma casi automática al coste de los carburantes.
El barril de Brent, la referencia que utiliza Europa para fijar el precio del crudo, ha vuelto a situarse por encima de los 100 euros, una barrera psicológica que suele anticipar subidas en las estaciones de servicio, y aunque ha ido descendiendo, la cosa no pinta bien. En España, los datos del Geoportal del Ministerio para la Transición Ecológica ya reflejan esa presión: la gasolina sin plomo 95 ronda los 1,647 euros por litro, mientras que la gasolina 98 se mueve cerca de 1,805 euros por litro.
El diésel se encarece con más fuerza que la gasolina en España: la clave detrás de esta subida
Sin embargo, el encarecimiento no está siendo igual para todos los combustibles. El diésel está registrando una subida aún más pronunciada. El diésel A se sitúa en torno a 1,761 euros por litro, mientras que el diésel plus alcanza aproximadamente 1,831 euros. En la práctica, la diferencia entre ambos carburantes puede llegar a rondar hasta diez céntimos más en el caso del diésel, una brecha que se explica en gran medida por la volatilidad del mercado petrolero y las tensiones geopolíticas que afectan al suministro.
Pero el conflicto internacional no es el único elemento que explica esta situación. El diésel sigue siendo el combustible dominante en sectores clave de la economía, especialmente en la industria y el transporte, lo que provoca una presión adicional sobre su demanda. Camiones, maquinaria pesada y buena parte del transporte de mercancías dependen todavía de este combustible, y cualquier alteración del mercado global se deja notar con rapidez.
La situación también se está reflejando en el transporte marítimo, donde los costes han aumentado en las últimas semanas. Este encarecimiento no solo afecta a las navieras: acaba trasladándose a lo largo de toda la cadena logística, elevando el precio del transporte de materias primas y productos terminados. A ello se suma el incremento de los costes del transporte por carretera, que también depende mayoritariamente del diésel.
Europa, además, parte de una posición particularmente delicada. El continente depende en gran medida de importaciones de diésel refinado, lo que lo hace más vulnerable a las turbulencias del mercado internacional que en el caso de la gasolina. Cuando la oferta global se reduce o se vuelve más incierta, el impacto en los precios europeos suele ser inmediato.
A todo esto se añade un punto geográfico clave en el tablero energético mundial: el estrecho de Ormuz. Este paso estratégico conecta el Golfo Pérsico con el resto de los océanos y por él circula aproximadamente una quinta parte del petróleo que se comercia en todo el planeta. La creciente inseguridad en esta ruta marítima ha elevado la preocupación en los mercados y ha tensionado aún más el precio del crudo, una presión que termina reflejándose, inevitablemente, en el precio final del diésel.















