La nueva sacudida del gas en Europa ya no se explica solo por la guerra en Ucrania ni por el patrón habitual del invierno: ahora el foco está en Oriente Medio. La escalada militar entre Estados Unidos, Israel e Irán, unida a la paralización de la producción de GNL en Qatar por razones de seguridad, ha devuelto al mercado un nerviosismo que no se veía desde los peores episodios de la crisis energética.
El lunes, el TTF holandés, referencia europea, llegó a dispararse más de un 50%, mientras Bruselas activaba una respuesta de emergencia y convocaba para este miércoles al Grupo de Coordinación del Gas.
Lo que inquieta a la UE no es solo el recorte qatarí en sí, sino el cuello de botella geográfico que lo rodea. El estrecho de Ormuz canaliza alrededor de una quinta parte del tráfico mundial de petróleo y gas natural licuado, de modo que cualquier amenaza militar en esa zona deja de ser un problema regional para convertirse en una presión inmediata sobre el sistema energético europeo. A eso se suma otra señal de tensión: las tarifas diarias del transporte marítimo de GNL llegaron a saltar más de un 40% y parte del tráfico de buques quedó frenado o ralentizado en la zona, encareciendo todavía más cualquier reposición urgente.
Bruselas mira a sus reservas y al verano
Bruselas intenta rebajar el tono alarmista, pero el contexto es incómodo. Reuters señala que el almacenamiento europeo ronda ahora el 30% de su capacidad, frente a una media cercana al 54% para estas fechas, con países clave como Alemania y Países Bajos muy por debajo de niveles habituales. La Comisión sostiene que las reservas siguen siendo suficientes al final del invierno, pero el problema real empieza ahora: Europa entra en la temporada de rellenado de almacenes con menos margen, más competencia global por los cargamentos y un mercado dispuesto a sobrerreaccionar ante cualquier titular sobre Qatar o Irán.
España, en ese tablero, aparece algo más protegida que otros socios europeos, aunque no blindada. El Gobierno ha insistido este 2 de marzo en que solo alrededor del 2% del gas y el 5% del petróleo que consume el país pasan por Ormuz, una exposición limitada si se compara con otros mercados más dependientes del Golfo. Además, el sistema gasista español cerró 2025 con suministros procedentes de 16 orígenes distintos; Argelia fue el principal proveedor, seguida de Estados Unidos, según CORES y Enagás. Esa diversificación no elimina el golpe de precios, pero sí reduce el riesgo de un problema físico de abastecimiento a corto plazo.
España aguanta mejor, pero no se escapa
De hecho, el mercado español ya refleja el temblor, aunque por ahora sin señales de ruptura. En MIBGAS, el producto diario para el 3 de marzo se situó en 42,92 euros por MWh, después de marcar 41,71 euros en el intradía del 2 de marzo, niveles altos pero todavía dentro de una franja inferior al pico emocional que llegó a descontar el TTF en plena sacudida inicial. La lectura es clara: España no está fuera del mercado europeo y paga la tensión internacional, pero entra en esta crisis con una red regasificadora potente, una base de suministro más repartida y menos dependencia directa del gas catarí que otros vecinos.
La clave, por tanto, no está hoy en un corte inmediato para los consumidores españoles, sino en la duración de la crisis. Si la guerra se alarga, Europa tendrá que rellenar sus reservas con un mercado más caro, fletes más tensos y competencia asiática por el GNL, y ahí España, aunque mejor colocada, tampoco quedaría al margen.















