Durante décadas, la desertificación se había percibido como una amenaza lejana, un riesgo futuro para la península Ibérica. Hoy, gracias al trabajo conjunto de la Universidad de Alicante y el CSIC, esa amenaza se ha materializado en cifras y mapas que no dejan lugar a dudas. El Primer Atlas de la Desertificación de España (ADE) revela un panorama preocupante: más del 40% del suelo nacional está “enfermo”.
El ADE no es un simple mapa; es una radiografía detallada que combina décadas de datos sobre el estado del suelo y su capacidad productiva. El diagnóstico muestra que la degradación no se limita a la aridez creciente, sino que refleja un desgaste profundo del suelo, que pierde fertilidad y valor económico. En las zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, el porcentaje de tierras degradadas asciende al 60,9%, un nivel alarmante.
España consume el 80% de su agua en menos de la mitad del territorio: la desertificación avanza
La paradoja del regadío intensivo emerge como un factor crítico. Aunque los sistemas de riego permiten ver cultivos verdes y aparentemente saludables, en realidad están agotando acuíferos y aumentando la salinidad de los suelos. El ejemplo más evidente es la cuenca del Guadiana, donde el 86% de los acuíferos sufre sobreexplotación o degradación. Tecnologías modernas y fertilizantes actúan como un “camuflaje” que oculta la verdadera situación.
El Atlas, apoyado en Big Data e Inteligencia Artificial, permite identificar las zonas más vulnerables. La Región de Murcia lidera la lista de gravedad, seguida de Andalucía y la Comunidad Valenciana, donde la combinación de clima extremo y cultivo intensivo acelera la degradación. Canarias, Aragón y La Mancha también muestran señales de alerta, mientras que áreas concretas, como la Sierra de Gádor en Almería, conservan suelos dañados desde la minería del siglo XIX.
Además, el estudio incorpora variables socioeconómicas, cambiando las reglas del análisis tradicional. No solo mide precipitaciones, también cómo se utiliza el agua disponible. Según el ADE, el 42% del territorio consume más del 80% del agua dulce del país. En un contexto de cambio climático con lluvias más erráticas y temperaturas en aumento, este modelo es insostenible.
El mensaje es claro: la desertificación deja de ser un problema futuro para convertirse en una crisis presente, que amenaza la sostenibilidad agrícola y la gestión del agua en España.















