Diseñado para proyectar el poder naval de España en un momento de creciente tensión internacional, el Pelayo fue, durante años, el buque más imponente de la Armada española. Construido en los astilleros franceses de Tolón y botado en 1887, este acorazado llegó a infundir respeto incluso en la emergente potencia naval estadounidense.
Con 105 metros de eslora, 20 metros de manga y una artillería que incluía cañones de hasta 320 mm, el Pelayo simbolizaba el último gran esfuerzo de la corona por mantener su influencia en los mares.
Tenía que cruzar el Atlántico y atacar por sorpresa a Estados Unidos
Durante la guerra hispano-estadounidense de 1898, el Pelayo fue asignado a la flota del almirante Manuel de la Cámara. Su misión era ambiciosa: cruzar el Atlántico y atacar por sorpresa la costa este de Estados Unidos, aliviando así la presión sobre las defensas españolas en Cuba y Filipinas. Sin embargo, diversos factores frustraron la operación: retrasos logísticos, problemas en el Canal de Suez —que requirió incluso modificar su casco— y la falta de apoyo logístico. Todo esto impidió que el acorazado cumpliera su cometido estratégico.
Irónicamente, el Pelayo nunca llegó a participar en un enfrentamiento directo con la flota estadounidense. Su única acción bélica ocurrió más de una década después, durante la Guerra del Rif en 1911, cuando bombardeó posiciones en el norte de Marruecos. El resto de su carrera fue discreta: tras un accidente de navegación en Mahón en 1912, quedó relegado a funciones de instrucción hasta su retirada oficial.
Dado de baja el 1 de agosto de 1924, el buque fue desarmado y dos años más tarde vendido como chatarra a astilleros en Róterdam.















