La ciencia vuelve a encender las alarmas sobre uno de los motores ocultos que mantienen en equilibrio el clima del planeta: la Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico (AMOC). Un estudio publicado en Environmental Research Letters advierte de que su colapso ya no puede considerarse un escenario improbable. Según los modelos climáticos analizados, existe hasta un 70 % de probabilidad de interrupción en apenas dos décadas si las emisiones continúan creciendo.
La cinta transportadora del clima
La AMOC funciona como una cinta transportadora: lleva aguas cálidas en superficie hacia el norte y devuelve aguas frías en profundidad hacia el sur. Este flujo regula temperaturas, lluvias y estabilidad climática en regiones clave como Europa Occidental, Norteamérica y parte del África tropical. Su debilitamiento, observado desde hace años, está vinculado al deshielo acelerado en Groenlandia y al vertido masivo de agua dulce en el Atlántico Norte, que altera la densidad de las masas oceánicas.
Un futuro de extremos
Las consecuencias de un colapso serían dramáticas. Europa occidental podría experimentar inviernos gélidos y veranos secos, mientras que la franja de lluvias tropicales se desplazaría hacia el sur, comprometiendo la seguridad alimentaria de millones. El nivel del mar aumentaría hasta 50 centímetros adicionales en la costa atlántica, agravando un problema ya crítico para ciudades costeras y deltas fluviales.
De riesgo remoto a amenaza real
Stefan Rahmstorf, climatólogo del Instituto de Potsdam, reconoce la gravedad del nuevo escenario: “Durante años dijimos que la probabilidad de colapso era inferior al 10 %. Ahora incluso con bajas emisiones podría situarse en un 25 %”. La advertencia convierte lo que antes era un riesgo remoto en una amenaza tangible para este mismo siglo.
Cuenta atrás de dos décadas
Los investigadores sitúan el posible punto de no retorno en un plazo de 10 a 20 años. Una horquilla corta en términos climáticos que obliga a replantear la velocidad y contundencia de las políticas de mitigación. Reducir emisiones, limitar el calentamiento y reforzar la resiliencia costera aparecen como medidas urgentes. El tiempo, según los expertos, ya juega en contra.















