En los laboratorios donde se construyen cúbits superconductores, el “ruido” suele ser sinónimo de desastre: pequeñas fluctuaciones térmicas o electromagnéticas que deshacen la coherencia cuántica y, con ella, la información. Un equipo de Chalmers University of Technology acaba de darle la vuelta a esa intuición con un resultado tan contraintuitivo como útil: han demostrado un frigorífico cuántico que se alimenta precisamente de ese ruido, en lugar de intentar suprimirlo.
El trabajo, publicado el 26 de enero de 2026 en Nature Communications, se apoya en una idea discutida desde hace años en termodinámica cuántica: la llamada refrigeración browniana, donde fluctuaciones aleatorias pueden convertirse, bajo ciertas condiciones, en un “motor” que empuja calor en la dirección que nos interesa. Simone Gasparinetti, autor sénior, lo resume como la realización experimental más cercana hasta la fecha de ese concepto.
Una “molécula” hecha de circuitos
La “máquina” no es un frigorífico con compresor, sino un circuito: en el centro hay una molécula artificial superconductora fabricada en nanofabricación, que se comporta de forma análoga a una molécula real pero está hecha de pequeños circuitos superconductores. La clave del montaje es cómo se conectan sus niveles energéticos a canales de microondas que actúan como entornos térmicos.
Aquí está el giro: el sistema se acopla a dos canales que hacen de reservorios “caliente” y “frío”, pero no quedan efectivamente conectados hasta que el equipo inyecta ruido de microondas controlado (fluctuaciones aleatorias en una banda estrecha de frecuencias) a través de un tercer puerto. Ese ruido habilita el transporte de energía a través de la molécula artificial y permite “dirigir” el flujo térmico en el circuito.
Medir calor a escala de attovatios
Lo más delicado no era solo lograr el efecto, sino medirlo: las corrientes térmicas en juego son minúsculas, del orden de attovatios (10⁻¹⁸ W), magnitudes que en la práctica obligan a instrumentación y calibración extremadamente finas. El equipo subraya que consiguieron cuantificar esos flujos diminutos y, con el control de temperaturas y del ruido, hacer que el mismo dispositivo opere en varios regímenes: como refrigerador, como motor térmico o como amplificador de transporte térmico.
¿Por qué importa más allá de la curiosidad? Porque en chips cuánticos grandes el problema no es solo “estar frío”, sino qué pasa con el calor local que aparece al controlar y medir cúbits: ese calor puede propagarse y degradar el rendimiento. El interés práctico de este enfoque es abrir una vía para gestionar calor dentro del propio circuito, en escalas donde la refrigeración convencional (criostatos) no puede actuar con la misma granularidad.















