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350 metros y 70 plantas: el megarascacielos de madera con el que Japón quiere revolucionar el sector de la construcción

W350 funciona como termómetro de una carrera más grande: la de descarbonizar la construcción sin sacrificar seguridad, coste y escalabilidad.
350 metros y 70 plantas: el megarascacielos de madera con el que Japón quiere revolucionar el sector de la construcción
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Actualizado: 9:00 1/2/2026
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Tokio podría convertirse en el escaparate más ambicioso de la construcción en madera a gran escala: el concepto W350, impulsado por Sumitomo Forestry, plantea una torre de 350 metros y 70 plantas con una estructura híbrida que prioriza la madera de ingeniería para recortar emisiones y, de paso, convertir el edificio en un almacén de carbono durante décadas. La idea no nace del capricho estético, sino del choque frontal con un dato incómodo: el sector de edificios y construcción sigue siendo un gran emisor global, y los materiales “duros” (hormigón y acero) pesan mucho en esa factura climática.

El proyecto, tal y como se ha descrito en documentación técnica de referencia, apunta a una estructura de “tubo arriostrado” (braced tube) en la que la madera trabaja junto a elementos de acero para ganar rigidez frente al viento y los sismos, dos obsesiones inevitables en Japón. La clave es que la madera no se usa solo como “acabado”: se plantea como parte central del esqueleto del edificio, apoyándose en productos como CLT y otras maderas laminadas que permiten piezas grandes, repetibles y prefabricables.

Los números y el carbono

Aquí conviene poner lupa a los números, porque suelen circular mal: el W350 se ha asociado a un orden de magnitud de ~185.000 m³ de madera (no “185 m³”), y a una proporción aproximada 90% madera / 10% acero en el concepto original. Ese volumen es lo que convierte al rascacielos en un experimento industrial: no se trata de “un edificio alto”, sino de tensar la cadena de suministro, la ingeniería de uniones, el control de vibraciones y la protección frente al fuego en un rango de alturas donde casi todo, históricamente, se ha resuelto con hormigón y acero.

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El argumento climático tiene dos capas. La primera es la sustitución: varios análisis de ciclo de vida concluyen que cambiar parte del hormigón y el acero por madera en edificios de varias plantas puede reducir las emisiones incorporadas en rangos amplios (aprox. 20–50%, según tipologías, mixes energéticos y metodología). La segunda capa es el almacenamiento: la madera retiene el carbono capturado por los árboles mientras el material permanezca en uso, de modo que el edificio actúa como “depósito” temporal, siempre que la gestión forestal sea sostenible y el final de vida (reuso/reciclaje/energía) no revierta el balance.

Los peajes del salto

Pero el salto de la teoría al skyline tiene peajes. En rascacielos, el debate técnico se concentra en protección contra incendios, diseño de conexiones (donde muchas veces el acero sigue siendo crítico), humedad y durabilidad, y la respuesta dinámica (balanceo y confort ante el viento). Además, el “beneficio” ambiental no es automático: depende de cómo se obtenga la madera, de la logística y de que el edificio realmente sustituya materiales más intensivos en CO₂ en vez de sumarse como una obra adicional.

En el fondo, W350 funciona como termómetro de una carrera más grande: la de descarbonizar la construcción sin sacrificar seguridad, coste y escalabilidad. Si sale adelante (o si empuja una ola de proyectos menos extremos pero más realistas), el mensaje sería potente: que la “alta ingeniería” urbana también puede escribirse con materiales biogénicos. Y si no, seguirá sirviendo como laboratorio conceptual para una pregunta cada vez más urgente: cómo levantar ciudades sin que cada metro cuadrado nuevo venga con una deuda climática que no podemos pagar.

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