La nueva película Pitufos podría haber sido una simple entrega animada dirigida al público infantil, cargada de colores y gags previsibles. Pero contra todo pronóstico, esta producción consigue reivindicar su lugar en el panorama de la animación contemporánea apostando por una historia que, sin renunciar a su tono ligero, se enreda con temas como la identidad, la diversidad y el paso del tiempo.
La trama lleva a los entrañables personajes azules a atravesar realidades alternativas en busca de Papá Pitufo, en una estructura casi episódica que recuerda a las odiseas multiversales del cine reciente, aunque con un tono mucho más cercano y lúdico. La película no solo busca entretener: aspira también a actualizar el universo pitufil para una nueva generación, sin perder de vista a quienes crecieron con los dibujos en los años 80 y 90.
Una Pitufina más fuerte, más libre y más divertida
El cambio más rotundo —y simbólicamente más potente— lo representa Pitufina. Ya no es un adorno femenino en un mundo de hombres azulados, ni una presencia pasiva entre los protagonistas masculinos. En esta versión, encarnada por Rigoberta Bandini en el doblaje en español, la Pitufina se convierte en una heroína activa, sarcástica, irónica y perfectamente capaz de salvarse a sí misma. La artista no se limita a imitar a la Rihanna que pone voz en la versión original: transforma el personaje con un estilo personal, manteniendo la musicalidad, pero aportando una voz menos glamourosa y más terrenal. Es una elección coherente que contribuye a que el personaje gane tridimensionalidad, humor y una identidad propia.
Florentino Fernández, veterano del doblaje cómico, asume aquí el reto de poner voz a dos personajes clave: Gargamel, el eterno villano, y su hermano alternativo, Razamel, una versión aún más siniestra. El resultado es un doblete efectivo: Fernández aporta el desparpajo y el carisma que lo caracterizan. Su presencia vocal sigue siendo uno de los pilares cómicos del metraje.
Visualmente ambiciosa, musicalmente contenida
La propuesta visual del filme es, sin duda, uno de sus grandes logros. La animación combina estilos diversos —desde la animación tradicional hasta fragmentos que imitan el stop motion o el anime—, lo que le da a cada mundo una textura propia y convierte el viaje interdimensional en una experiencia variada y sorprendente. En lo musical, la película apuesta por la funcionalidad más que por el espectáculo. Aunque en la versión original los temas de Rihanna marcan la diferencia, en la española los números se integran bien sin convertirse en eje narrativo.
Una de las virtudes más sutiles de la película es su capacidad para entretener a diferentes públicos sin resultar condescendiente ni excesivamente referencial. Los más pequeños disfrutarán con las criaturas absurdas como los “poot”, o con el humor visual de los pitufos disfrazados y confundidos entre dimensiones. Pero también hay chistes pensados para los padres, como referencias a sagas de superhéroes, bromas sobre el algoritmo y guiños que rozan la autoparodia del propio universo pitufil.
Una fábula sobre el poder de la diferencia
Más allá del entretenimiento, esta cinta lanza un mensaje claro y relevante: la diversidad, la diferencia y la colaboración son las fuerzas que salvan al mundo. En cada dimensión que atraviesan, los pitufos encuentran versiones alternativas de sí mismos: más altos, más bajos, con otras habilidades o características. Y lejos de juzgarse entre ellos, aprenden a escucharse y a trabajar juntos. Esa alegoría sobre la empatía y la aceptación funciona especialmente bien en tiempos donde los discursos de exclusión y homogeneidad vuelven a ganar terreno. La película no lo explicita con sermones, pero sí lo transmite con claridad narrativa y visual.
Lo cierto es que esta nueva entrega de los Pitufos consigue lo que parecía improbable: revitalizar una franquicia que había quedado atrapada entre la nostalgia y los clichés. Lo hace apostando por una historia ágil, visualmente creativa y con personajes más complejos de lo habitual. Es una película que no solo entretiene, sino que también lanza un guiño de complicidad al espectador adulto sin perder nunca de vista su vocación familiar. Y eso, en el panorama actual de la animación comercial, es mucho decir.















