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Un explorador descubren en Japón una ciudad fantasma intacta desde los años 90 con hoteles y bebidas servidas

Hoy, Kinugawa Onsen permanece oculta entre la maleza, sus imponentes hoteles vigilando un valle en silencio.
Un explorador descubren en Japón una ciudad fantasma intacta desde los años 90 con hoteles y bebidas servidas
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Actualizado: 11:00 16/8/2025
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En lo profundo de la prefectura de Tochigi, rodeada por densos bosques y atravesada por el serpenteante río Kinugawa, se alza un espectro del Japón que ya no existe. Luke Bradburn, explorador urbano británico acostumbrado a adentrarse en lugares olvidados, jamás imaginó que en uno de sus viajes acabaría tropezando con una ciudad entera detenida en los años 90. Lo que encontró no era un escenario de cine posapocalíptico ni un decorado para un videojuego: era Kinugawa Onsen, un antiguo balneario termal que, tras la abrupta caída de la burbuja económica japonesa, quedó sumido en el abandono.

Una zona llena de edificios abandonados

Bradburn relata que su descubrimiento fue casi accidental. Exploraba zonas cercanas a Fukushima cuando, siguiendo un sendero apenas visible entre la maleza, se topó con una hilera de edificios que se alzaban, imponentes y silenciosos, sobre un valle cubierto de vegetación. “De pronto me encontré en lo que parecía una ciudad fantasma.

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La fachada de los hoteles estaba cubierta de musgo, las ventanas rotas y el viento silbaba a través de pasillos oscuros”, recuerda a The New York Post. La sorpresa llegó al entrar: pese a las décadas de abandono, muchas estancias permanecían intactas, como si sus huéspedes se hubieran marchado apresuradamente y nunca regresado. Algo que también han comentado usuarios de Reddit que estuvieron allí.

Kinugawa Onsen había sido, durante los años 70 y 80, uno de los destinos termales más codiciados del país. Los trenes llegaban abarrotados desde Tokio, y los hoteles ofrecían desde baños de aguas volcánicas al aire libre hasta salones recreativos, cenas kaiseki y espectáculos tradicionales. Pero todo cambió con el estallido de la burbuja inmobiliaria a principios de los 90. El turismo nacional se desplomó, las deudas se acumularon y decenas de complejos cerraron de la noche a la mañana. A diferencia de otros países, en Japón las estrictas leyes de propiedad impiden la demolición de edificios sin el permiso del dueño legal, incluso si han pasado décadas y este ha fallecido. El resultado: colosos de hormigón que quedaron atrapados en un limbo legal y físico, devorados lentamente por la naturaleza.

Durante más de seis horas, Bradburn recorrió al menos cinco de las veinte estructuras abandonadas. Avanzó por escaleras resquebrajadas y pasillos con techos derrumbados, encontrando escenas que parecían sacadas de un sueño inquietante: salones onsen con aguas estancadas, máquinas recreativas todavía con premios en su interior, mesas con bebidas servidas como si alguien estuviera a punto de regresar y animales disecados —un ciervo, un halcón— presidiendo vestíbulos sumidos en penumbra. “Desde fuera parecen ruinas podridas, pero por dentro es como entrar en una cápsula del tiempo”, afirma. “Cada habitación es una fotografía fija del pasado”.

Para los arqueólogos urbanos, lugares como Kinugawa Onsen no son meros vestigios arquitectónicos, sino testimonios palpables de un capítulo de la historia económica y social japonesa. Representan un país que pasó, en apenas unas décadas, de un crecimiento vertiginoso a una larga recesión, dejando tras de sí ciudades incompletas, parques de atracciones olvidados y hoteles termales donde el tiempo se congeló. En el caso de Kinugawa, la vegetación ha reclamado las azoteas y balcones, y las aguas termales, antaño motor de prosperidad, ahora corren libres por tuberías oxidadas.

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