Durante una intervención en la cumbre U.S. Infrastructure Summit organizada por BlackRock el pasado miércoles, el consejero delegado de OpenAI, Sam Altman, dejó una de las reflexiones más reveladoras, y también más inquietantes, sobre cómo imagina el futuro de la inteligencia artificial. El problema es que, al escucharlo, no queda del todo claro si el propio Altman era consciente de las implicaciones de lo que estaba diciendo.
Altman propone tratar la inteligencia artificial como una infraestructura esencial, un modelo que podría requerir incluso respaldo gubernamental
En una conversación con Adebayo Ogunlesi, recogida por Gizmodo, que además forma parte del consejo de administración de OpenAI, Altman explicó su visión con una comparación muy concreta: "Imaginamos un futuro en el que la inteligencia funcione como un servicio básico, igual que la electricidad o el agua, y que la gente la compre de forma medida".
La metáfora sugiere un escenario en el que el acceso a la inteligencia artificial podría facturarse del mismo modo que se pagan hoy las facturas de luz o de agua, una idea que inevitablemente evoca la imagen, algo distópica, de usuarios incapaces de pagar su “recibo de inteligencia”.
Altman amplió su argumento señalando que su empresa parte de una "creencia fundamental en la abundancia de inteligencia". Según su planteamiento, uno de los grandes retos de las próximas décadas será lograr que esa inteligencia sea extremadamente barata. Para ilustrarlo recuperó una vieja expresión de la industria energética que nunca llegó a cumplirse: el objetivo de que algo sea "demasiado barato como para medirlo".
Sin embargo, recurrir al ejemplo de la energía no es una comparación inocente. De hecho, el fracaso histórico de aquella promesa, que la electricidad llegaría a ser tan barata que ni siquiera haría falta medir su consumo, se ha convertido en un punto delicado en el debate actual sobre la inteligencia artificial. La expansión masiva de centros de datos necesarios para entrenar y ejecutar estos sistemas está elevando la demanda energética a niveles que empiezan a generar tensiones en muchas comunidades donde se instalan estas infraestructuras.
Las compañías tecnológicas, incluida OpenAI, han pasado a ser uno de los rostros visibles de ese fenómeno. En distintos puntos de Estados Unidos, el crecimiento de los centros de datos se ha vinculado con incrementos en los costes energéticos, algo que ha provocado críticas entre los residentes que viven cerca de estas instalaciones. Aunque las empresas del sector han comenzado a comprometerse a asumir parte de esos costes, el problema sigue lejos de resolverse.
Además, la idea de que la inteligencia artificial pueda llegar a ser "demasiado barata para medirse" tampoco encaja del todo con la realidad actual del sector. Hoy en día, las empresas de IA venden tokens, es decir, las unidades de cálculo que utilizan los modelos para procesar información y generar respuestas. A medida que la demanda crece, la capacidad de computación se convierte en un recurso limitado, lo que obliga a elegir entre subir precios o aceptar que no se podrá atender todo el consumo.
Aumentar la potencia de cálculo requiere grandes inversiones en infraestructuras y centros de datos. OpenAI prometió cubrir el consumo energético, pero la financiación flaquea, como demuestra su retirada del proyecto Stargate en Texas. Altman y la directora financiera, Sarah Friar, sugirieron que el Gobierno podría respaldar financieramente este crecimiento.
Friar habló de un "respaldo federal" para la expansión de centros de datos, mientras que Altman propuso al Estado como "asegurador de último recurso" por el impacto económico de la IA. Posteriormente, suavizaron sus declaraciones para evitar la idea de que la industria tecnológica es "demasiado grande para caer". Sin embargo, la comparación de la IA con infraestructuras públicas como el agua o la electricidad sugiere que podría recibir apoyo estatal si se convierte en un servicio esencial.
Altman no menciona explícitamente el papel del Estado en su visión del futuro, pero su descripción de la inteligencia artificial como una utilidad universal apunta inevitablemente hacia él.















