Europa empieza a asumir que combatir el cambio climático no consiste únicamente en intentar cumplir los escenarios más optimistas. Carreteras, hospitales, cultivos, redes eléctricas o sistemas de abastecimiento que se construyen hoy seguirán funcionando durante décadas, cuando las condiciones climáticas podrían ser muy diferentes. España, especialmente expuesta al calor extremo y a la falta de agua, se encuentra entre los países que más tendrán que adaptar su planificación.
El Consejo Científico Asesor Europeo sobre Cambio Climático ha recomendado que la Unión Europea utilice como referencia para sus políticas de adaptación un escenario compatible con un calentamiento global de entre 2,8 y 3,3 grados respecto a la época preindustrial de aquí a 2100. No se trata de una nueva obligación para España ni de una predicción concreta sobre la temperatura que alcanzará nuestro país. El mensaje es otro: las administraciones deben prepararse también para un futuro en el que los esfuerzos para reducir las emisiones no consigan evitar los escenarios climáticos más duros.
La Unión Europea lo confirma: España debe prepararse ante un clima cada vez más extremo
El problema es especialmente importante para España porque Europa se está calentando más rápido que la media mundial y el sur del continente figura entre las regiones más expuestas. Las olas de calor, las sequías, los incendios forestales y la presión sobre los recursos hídricos podrían aumentar durante las próximas décadas.
Un análisis del Centro Común de Investigación de la Comisión Europea apunta a que, en un mundo con alrededor de tres grados más de calentamiento, una ola de calor que actualmente podría producirse aproximadamente una vez cada 50 años llegaría a convertirse en un fenómeno mucho más frecuente, hasta el punto de aparecer prácticamente cada año en España y Portugal.
Eso no significa que todos los veranos vayan a ser iguales ni que cada año se vaya a batir el récord de temperatura. Significa que episodios considerados extraordinarios podrían dejar de serlo y ejercer una presión constante sobre hospitales, agricultura, redes eléctricas y servicios de emergencia. El agua es otro de los grandes puntos débiles. España ya se encuentra entre los países europeos más afectados económicamente por las sequías, y un escenario de mayor calentamiento podría incrementar todavía más la frecuencia y duración de estos episodios.
La recomendación europea también plantea un cambio en la forma de diseñar las infraestructuras. Un puente, una carretera, un hospital o una red de saneamiento construidos ahora pueden tener una vida útil de varias décadas. Si se diseñan únicamente utilizando los registros climáticos del pasado, podrían quedarse obsoletos antes de tiempo.
Por eso Bruselas plantea utilizar escenarios comunes y someter las nuevas inversiones a condiciones climáticas más exigentes. En España esto afectaría a los planes hidrológicos, los sistemas de regadío, las redes eléctricas, los edificios públicos y las infraestructuras urbanas.
También será necesario revisar cómo se diseñan los sistemas de drenaje ante episodios de lluvias torrenciales, cómo se protegen las ciudades frente al calor y qué medidas se adoptan para reducir el riesgo de incendios. Prepararse para 3,3 grados no significa aceptar que ese escenario sea inevitable, ni mucho menos. La reducción de emisiones continúa siendo fundamental. Pero Europa empieza a asumir que adaptarse y prevenir también implica estar preparado para el peor escenario razonablemente plausible. La idea de esta preparación a medio y largo plazo es sencilla, pues si las infraestructuras de hoy van a sobrevivir al clima del futuro, tendrán que construirse pensando en un mundo que todavía no conocemos.















