En una remota zona montañosa de la provincia china de Guizhou se encuentra uno de los instrumentos científicos más impresionantes construidos por el ser humano. Desde lejos parece un gigantesco plato metálico encajado entre las montañas, pero su verdadera función es mucho más extraordinaria: escuchar las señales de radio que llegan desde las regiones más lejanas del universo. Es el radiotelescopio FAST y su sensibilidad es tan elevada que cualquier interferencia cercana puede convertirse en un problema.
FAST, acrónimo de Five-hundred-meter Aperture Spherical Telescope, cuenta con una antena de 500 metros de diámetro y comenzó a operar en 2016. Durante años fue el mayor radiotelescopio de antena única del mundo, gracias a una superficie colectora equivalente a varias decenas de campos de fútbol. Sus dimensiones le permiten detectar emisiones extremadamente débiles procedentes del espacio y estudiar objetos como púlsares, galaxias lejanas o los misteriosos estallidos rápidos de radio.
China invirtió 180 millones de dólares en la construcción de un radiotelescopio de 500 metros de diámetro. Su sensibilidad es tal que incluso un microondas puede ’cegarlo’
Pero precisamente esa capacidad para captar señales casi imperceptibles obliga a mantener unas condiciones extraordinariamente estrictas alrededor del observatorio. Para FAST, el problema no está únicamente en las enormes distancias que separan a la Tierra de los objetos que estudia, sino también en el ruido generado por nuestra propia tecnología.
Las emisiones de teléfonos móviles, redes inalámbricas y otros dispositivos pueden interferir con las observaciones. Incluso aparatos cotidianos que parecen completamente inofensivos pueden generar ondas electromagnéticas capaces de contaminar los datos que recibe el radiotelescopio. De ahí que se utilice con frecuencia la comparación de que un dispositivo como un microondas podría llegar a "cegar" a FAST, aunque la realidad es algo más compleja.
Para proteger el observatorio, las autoridades chinas establecieron una amplia zona de silencio radioeléctrico a su alrededor. Las medidas afectaron directamente a la población de la región y más de 9.000 personas fueron reubicadas para reducir las posibles fuentes de interferencias. Además, se estableció una zona de protección de cinco kilómetros en torno al telescopio con importantes restricciones para determinados equipos emisores, mientras que las medidas se extienden hasta unos 30 kilómetros en otras áreas.
La paradoja resulta evidente: para escuchar mejor el universo, China tuvo que conseguir que una parte del territorio que rodea FAST permaneciera prácticamente en silencio. El enorme radiotelescopio también se ha convertido en una atracción turística. Los visitantes pueden contemplar su gigantesca estructura desde zonas habilitadas, aunque deben dejar atrás sus teléfonos y otros dispositivos electrónicos antes de acceder a determinadas áreas.
Y ni siquiera el aislamiento terrestre elimina todos los problemas. Los satélites y otras fuentes de emisiones situadas fuera de la zona protegida siguen generando interferencias difíciles de evitar. FAST demuestra así que la astronomía moderna no consiste únicamente en construir instrumentos cada vez más grandes y sensibles. También exige protegerlos del ruido de una civilización cada vez más conectada para poder escuchar, entre miles de millones de señales, los débiles ecos que llegan desde el universo.















